Despacio

 

Giann Marco es un coleccionista de piedras, cena todas las noches arroz blanco con jamón frito y tiene un sentido del humor muy particular. Si hay una vela encendida, no vacila en enumerar todos los peligros que eso implica. Tiene casi 10 años y tiene el don de confiar en todos; pocas veces comprende si alguien se está riendo de él. Porque si encuentra una sonrisa, Giann replica con una carcajada. Si ve un rostro conocido, lo saluda muy afanosamente y procura presentarnos: “This is my family from Puerto Rico”.

Giann es mi sobrino, el más pequeño de los varones. Cuando era un bebé, mi hermana y su esposo se vieron obligados a mudarse a los Estados Unidos para conseguir estabilidad laboral. Siempre han querido regresar. Pero cuando, hace algunos años, Giann fue diagnosticado con autismo, todos supimos que la posibilidad del regreso era menor. Al menos, allá, pensábamos todos, tendría los recursos necesarios para lograr un desarrollo óptimo. A pesar de que, dentro de su diagnóstico, Giann es un niño “high functioning”, tanto él como sus padres necesitan de una garantía de servicios públicos que faciliten una experiencia educativa digna e inclusiva.

Sabíamos que conseguir esto en Puerto Rico sería difícil. En la prensa se conocen las irregularidades de los servicios a las poblaciones especiales: la falta de transporte a las escuelas o terapias, el cambio de maestros, las tardanzas en las contrataciones de los especialistas o acompañantes, así como las barreras arquitectónicas en algunos planteles. Muchos tutores optan por los recursos privados; los que no pueden, les toca esperar o piquetear frente a una escuela u oficina.

Más allá de la mentalidad colonial, la realidad es que confiábamos en que estos servicios fueran más accesibles en los Estados Unidos. El 40% del presupuesto de Medicaid, el programa de servicios de salud más grande de la nación estadounidense, es para personas discapacitadas. De hecho, el Medicaid cubre al 40% de los niños estadounidenses; 75% de los niños bajo el nivel de pobreza. En Puerto Rico esta asistencia económica no existe: el Congreso de los Estados Unidos durante 40 años se ha resistido a concederla. Ahora menos lo harían. Con los recortes propuestos por la administración de Donald Trump los beneficios de Medicaid están en jaque. Como los puertorriqueños, a quienes se nos recalca que somos ciudadanos americanos de segunda clase, son las poblaciones más necesitadas económica y socialmente en los Estados Unidos las violentadas con estas “políticas de austeridad”. Tampoco allá se está uno a salvo, tarde o temprano se despierta del gran sueño americano.

Tanto la negación del Medicaid en Puerto Rico como la propuesta de recortes son un acto de violencia.

Es como si el estado se convirtiera en el niño burlón que acosa a los que van más lento en el recreo, a quienes no les queda más remedio que encogerse de hombros, sonreír y seguir su paso mientras ni la burla ni la prisa del mundo se detiene. Pero en ese andar despacito hay un valor, una posibilidad de vida, un ser humano que tiene el derecho a una vida digna, a una educación inclusiva y una asistencia médica de excelencia.

Eso lo aprendí siendo la tía de Giann y es gracias a él y a su andar despacito que hoy soy una mejor maestra.

Y ahora los chicos de la Escuela Intermedia Urbana del Barrio Quebradillas en Barranquitas y sus maestras me lo recuerdan con su versión de la canción “Despacito”.

 

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