Día 79: Día 1

 

Hace unas semanas un puñado de lugares alrededor de la isla comenzó a recibir energía eléctrica en sus casas y comercios. Los gritos de regocijo fueron tan fuerte como el eco de las plantas eléctricas al apagarse.

Comenzamos a sentir la añorada “normalidad”, regresamos a nuestros trabajos, a visitar los lugares de entretenimiento y ocio, es decir, a la rutina en general. La sensación de alivio comenzó a arropar la ciudad y el aparato económico comenzó a moverse.

Por otro lado, los escombros por distintas partes de esa misma ciudad nos recuerdan la pesadilla de aquel 20 de septiembre cuando por más de 10 horas atestiguamos la fuerza abrumadora de la naturaleza en forma de huracán.

Sin embargo, la presencia de la luz eléctrica apacigua ese recuerdo o la imagen de los escombros. Ese es el panorama en la ciudad; en el casco urbano de algunos municipios. Pero vamos isla adentro. Allá el ambiente es totalmente distinto.

A 10 o 15 minutos de la ciudad nos adentramos a los sectores rurales que sintieron y sufrieron los embates del huracán muy distinto a los que vivimos en la ciudad.

Muchas familias y personas solas viven sin luz, sin agua, sin servicios, es decir, a la deriva. Agradecidamente, miles de compatriotas y de personas de “allá afuera” se han desbordado en entregar provisiones para que los (as) afectados (as) puedan pasar el día, la semana, ¿el mes? No sé. Eso esperamos.

Pero allí está la desolación, la desesperanza y el abrumante sentido de abandono. Miles de esas familias no han superado el Día 1 luego del paso del huracán.

Cabe resaltar que, también, existe la sonrisa, el agradecimiento, el estrechón de mano y los fuertes abrazos, las miradas de bondad y la solidaridad que somos capaces de poner en función en los momentos más críticos de nuestra existencia. Ahí es donde nos encontramos como seres humanos, sin capas, sin títulos, como iguales, con las mismas necesidades de supervivencia. Hoy doy de lo que ayer otros me dieron. La experiencia es muy triste pero reconfortante a su vez.

El gesto de solidaridad entre los grupos comunitarios se ha vuelto un compromiso social. No se espera por nada ni por nadie. Va el que puede y quiere. El objetivo es uno: ayudar al que todavía vive en el Día 1. No se espera por un gobierno fallido para decidir qué hará, cómo lo hará, mucho menos, cuándo lo hará. Ese gobierno perdió credibilidad y esperanza de un pueblo que creyó ser representado y protegido por éste.

Se levanta una nueva experiencia de solidaridad, una resiliencia colectiva le llaman algunos. Las propuestas alternas en cuanto a la luz solar, el cooperativismo y otras acciones de autogestión van hilvanando las rupturas de un país quebrado económicamente y colapsado a nivel gubernamental.

Hoy, a 79 días luego del paso del huracán María, hay muchos (as) suspendidos (as) en el Día 1.

Sin embargo, no están solos ni solas. La energía eléctrica en casa no me puede quitar de la lucha por el (la) Otro (a). Si nos metemos en la burbuja de la “normalidad” que añorábamos días después del huracán María, perdemos nuevamente al país.

Puerto Rico jamás se levantará si regresamos al país antes de María. Por eso, estamos aquí ayudando con lo que podemos con la esperanza que el desprendimiento social sea la nueva manera de relacionarnos.