Dignidad Encadenada

Por Ángel L. Comas Nazario

 

Llevamos 119 años viviendo bajo un régimen colonial.  Las luchas libradas, desde la invasión estadounidense, tuvieron, al menos, dos ideologías muy presentes: la problemática nación-colonial y el factor economicista dirigido a mejorar la calidad de vida de todos los trabajadores que sudaban de sol a sol, en jornadas de 12 hasta 14 diarias.

La miseria era rampante, pero el deseo de vivir plenamente era evidente.  No obstante, la vida bajo el terrible coloniaje español produjo que se recibiera al ejército norteamericano con las manos abiertas, o al menos con mejores esperanzas.  Unas manos agrietadas y fuertes que no lograron, y podría achacárselo al poco tiempo que tuvimos como República, esculpir las vendas que se hicieron parte de la cara del criollo a lo largo de 400 años.

Tuvimos libertad. Tuvimos Patria. Pero no tuvimos los recursos ideológicos sólidos y definidos para defendernos de la fatídica entrada de la eterna junta de control fiscal en aquel verano del 1898.  Invadieron. Invadieron. Todo lo invadieron.  Hasta lo más peligroso invadieron: la psique criolla.  Esa mentalidad fue transformándose y luchando contra todos los cambios sociales a lo largo del siglo pasado, pero continúa enclavada en el coloniaje.

Tuvimos personajes importantes que guiaron la ideología patriota, no obstante, los mecanismos utilizados por los gobiernos locales, manipulados por el imperio norteamericano, pudieron aplacar los esfuerzos de alcanzar mayor apoyo de la población oprimida.  Lograron infundir miedo y se volvieron portavoces de que luchar por la patria es cosa de subversivos y malagradecidos del que nos da de comer.  Ahí está la mentalidad colonial que enfrentamos.  Una lucha ideológica atacada, sin tregua, por todos los frentes. La única gloria del imperio ha sido mantener oprimida ideológicamente a la clase trabajadora colonial con lo poco que entiende que necesitamos y merecemos.

“No hay peor cuña que la del propio árbol” dice el viejo genio.  Son los gobiernos colonialistas que elegimos cada cuatro años los que agudizan la mentalidad colonial y aprietan las cadenas para inmovilizar a la mayoría de los puertorriqueños.  67 años de cadenas entre dos colores partidistas que se han dado la tarea de engañar al pueblo y perseguir y hasta desaparecer al que viene diciendo y luchando que el cuento no es como dice el “de allá afuera”.

El año pasado se develó la condición que venimos diciendo desde siempre: Puerto Rico es una colonia, sin poderes, sin autonomía, humillada ante los países de un mundo que avanza e intercambia recursos entre sí.  Nunca hemos sido parte de esa dinámica.

La respuesta luego del huracán María evidencia el desprecio colonial.  Una condición denigrante que nos urge atender y librar.  En un contexto histórico como éste, es pertinente hablar, sin tapujos, sobre las consecuencias del coloniaje puertorriqueño.

Sin embargo, nuestra situación económica nos empuja a que se intensifiquen más que nunca las cadenas coloniales.  Los sectores que promueven y defienden la soberanía de este pueblo comienzan a reunirse. El diálogo comienza. El momento lo amerita.

Hoy conmemoramos en Día de la Bandera Puertorriqueña como símbolo de identidad de un pueblo con una historia agridulce.  Esa bandera, levantada como respuesta de recuperación luego del paso de María, evidencia que existe una nacionalidad y un fuerte deseo de ser un mejor país.

El camino es largo y aún quedan los que demonizan los que enfrentan al opresor.  Los humillan y los acaban como pirañas. Odian su honor por defender la patria y en sus insultos subyace el desespero por no aceptar la realidad colonial.  Se rindieron, hace mucho se rindieron y quieren que todos nos rindamos.  Se enamoraron de sus cadenas.  Encontraron una canción de cuna entre los eslabones mohosos.  Ese amor que sienten hacia sus cadenas se vuelve el dolor y el ruido más agobiante cuando, al moverse, suenan.

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