¿Doctorado en qué?

Cuando mami se encuentra a gente que no ve hace mucho tiempo hace dos cosas: primero, un minucioso interrogatorio sobre los amigos en común y, segundo, un inventario de sus 3 hijas y 4 nietos. Como soy la menor, soy la última que presenta.

– “Mi último aletazo. Anuchka, significa la pequeña Ana en ruso”, añade y lo corona pavonándose con un “ella es doctora”.

– “¿Doctora en qué?”, dice reaccionando por fin la persona.

– “En Literatura”, respondo.

Entonces el interés se borra con toda esperanza de que yo pudiera recomendarle gratuitamente un remedio para los males del cuerpo. Los más sinceros me preguntan que con qué se come eso. Otros no disimulan el rostro de “cuánta inutilidad, niña”.

Les explico que me dedico a estudiar historias y el modo en que estas han sido narradas. Mami interviene para aclarar que soy profesora de Español. “Ah, ok. Que bueno, porque la juventud no sabe escribir. ¿Tú has visto cómo escriben en Facebook?”, dicen terminando la conversación. Yo me muerdo la lengua un poco.

El día que defendí mi tesis de doctorado me juré que ni el acto ni el título me definirían. Me define mi amor por los libros y el lenguaje, y mi afán de contagiar a otros con ese mismo amor. El título me conecta con una tradición académica que respeto, me hace parte de una comunidad de estudiosos a quienes –unos más, unos menos– admiro. Teniendo esto muy claro, más allá del protocolo universitario me tiene sin cuidado que me llamen o no doctora.

Sin embargo, no mentiré diciendo que no me sacude un poco la decepción de quienes descubren que no soy “doctora doctora”, es decir, médica. Lo más sobrecogedor es que esta noción de ciencias duras, como la medicina, versus ciencias blandas, como las humanidades, la he encontrado no tan solo ante los conocidos de mi madre sino ante profesionales de quienes uno –quizás también equivocadamente– esperaría más.

Un asesor político boricua en el aeropuerto de Madrid me dijo un día que una mujer con un doctorado en Literatura era “cute” y hace unas semanas un abogado no pudo contener su “ay, por Dios” cuando supo de qué era mi doctorado (la macharranería nuestra de cada día…).

Parecería que no es nada, pero sí lo es. Esta idea, se quiera o no, entre otras cosas valida la eliminación de fondos públicos para el desarrollo y la conservación de nuestros patrimonios culturales. Tal y como ya lo hizo Donald Trump con la Corporación para la Difusión Pública (PBS), el National Endowment for the Arts y el National Endowment for the Humanities.

En Puerto Rico la Asamblea Legislativa dejó prácticamente sin fondos a la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española, al Centro de Estudios Avanzados, y a la Fundación Nacional para la Cultura Popular, etc.

Nada de blandas tienen las Humanidades: ni la Literatura, ni la Historia, ni el Arte, ni la Filosofía. Son las ciencias pioneras, las que documentan el quehacer de los hombres y las mujeres, son las ciencias que trazan los límites de lo que nos hace humanos cuando la medicina, la biotecnología o los sistemas de información se saltan toda ética.

En el fondo, las humanidades son la única razón por la cual queremos una salud perfecta: oídos para escuchar, piernas para bailar, ojos para admirar, manos para crear y boca para, si se quiere, distinguirnos de las fieras.