El día que Diana murió

 

El día que la princesa Diana murió ocurrieron dos cosas importantes en mi vida. Mi hermana Marienid, que estudiaba sistemas de computación, había conseguido enviar un email de duelo al Palacio de Buckingham. Lo dijo mientras todos los demás mirábamos las noticias en el family de casa. Era 1997. Durante semanas pensé en lo maravilloso de enviar un mensaje instantáneamente al otro lado del mundo. Era un mensaje que nadie leería, por supuesto, pero nada más la capacidad de enviarlo me ilusionaba muchísimo.

Cuando llegó a casa la primera computadora con conexión a la Internet, me dediqué a enviar mensajes a diestra y siniestra. Si alguien los encontrara hoy, como le pasó a Fidel Castro con la carta que envió a los 14 años a Franklin Delano Roosevelt, me daría un ataque de risa. Aunque era ridículamente tímida en la escuela, tras el lápiz y luego el teclado me convertí en una niña muy osada.

Lo que leía en la Enciclopedia Encarta, un set de dos CD’s que mami compró para mis asignaciones, buscaba comprobarlo en la Internet, ¡y qué difícil era Google entonces! Recuerdo muy bien que en una ocasión, después de leer una novela titulada El amor en los tiempos de Castro, le escribí un email a la redacción del periódico cubano Granma para que me explicaran qué era eso del Oriente de Cuba. Nadie respondió, como era de esperarse. Tal vez por eso me enamoré tanto de García Márquez al leer su novela El coronel no tiene quien escriba. Escribía y escribía, y nadie me supervisaba. Inventaba historias y las publicaba en cualquier foro que recogiera “poemas del alma”.

Quizás el día que mi hermana envió aquel email a Londres se trazó mi destino como escritora, ¿quién sabe?

Ese día también me nació un miedo. Descubrí que las mamás y los papás se mueren, sean princesas o príncipes. En la tele mostraban las fotos de Diana viva junto a sus hijos William y Harry. Días después, en el servicio fúnebre, me traumatizó ver la imagen de Harry tan desabrazado junto a los hombres de la realeza. En su rostro vi la misma desesperación que experimenté el día que me perdí en el supermercado y no sabía decir cuál era el nombre de mi mamá: “Mami”, le dije a un empleado cuando me preguntó. Pero Harry no podría nunca más esperar a su mamá, nadie podría llamarla por altoparlantes. ¿Cómo se vive sin mami?

El miedo a la muerte de mis padres comenzó a perseguirme desde aquel día, hace 20 años. Confieso que todavía me ronda. Y quizás por eso escribo a diestra y siniestra, aunque no siempre tenga respuestas, para darle la batalla a la muerte. Me puedes escribir a: anuchkaramos1@gmail.com