El saldo desigual del huracán María

 

Por Mario Santana

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Dalila Ortiz Figueroa vive en una casa nueva de cemento que jamás pensó poseer. En cambio, la casa de Guillermo Torres González es todo un remiendo, como una camisa con parches.

El huracán María los dejó en igual condición: con sus casas destruidas. Pero el proceso de solicitar y obtener ayudas los dejó en una situación muy desigual.

Es Noticia había conocido a Dalila Ortiz, a Guillermo Torres y a otros damnificados durante las semanas que siguieron al huracán, cuando apenas iniciaban el tortuoso proceso de reconstruir sus hogares y sus vidas. La semana pasada, volvimos a visitarlos para saber cómo les ha ido.

 

“Ahora la casa es más segura”

“Con María, yo me quedé en casa de mi mamá. Cuando vine, mi casa estaba en el piso, completamente destruida”, recordó Dalila.

Con pedazos de madera y zinc y clavos viejos, Dalila y su familia construyeron una vivienda. A la casa le entraba el agua, pero ella confiaba que aquello sería provisional.

Su esposo y ella solicitaron ayuda federal. Se sometieron al proceso de inspección de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA) y se esforzaron por cumplir todos los requisitos.

El origen de su casa es una invasión, hace unos 30 años. Con los años, la situación comenzó a normalizarse y le conectaron el agua y la luz. Sin embargo, todavía carece de título de propiedad.

Solamente tienen un certificado pero FEMA lo aceptó como evidencia de que la propiedad es suya y de su esposo. En diciembre, FEMA les dio el dinero: poco más de $16,000 para reconstruir el hogar y cerca de $10,000 para muebles y enseres.

Dalila, de 52 años, trabajó duro para que la casa quedase como ella quería al menor costo posible.

FEMA le dio poco más de $1,000 para alquilar una vivienda durante la construcción. Pero ella, decidió construir, por segunda vez, una casa provisional. Otra vez la familia la ayudó. Construyó al lado una especie de vagón de madera. Allí vivió durante unos difíciles cuatro meses junto a su esposo y sus dos nietos, una niña de 10 años y un niño de 8.

De esa forma, el dinero para alquilar vivienda pudo invertirlo en su casa nueva. La ayuda de FEMA es para dejar el hogar en condiciones similares a como estaba. Pero ahorrando gastos y negociando con el contratista, quien es su vecino, pudo construir una casa superior a la que tenía.

Hoy, toda la amargura del proceso es tan solo un recuerdo que palidece al lado de la alegría que siente con su casa nueva, construida en cemento, con las losas del piso nuevas, muebles y enseres nuevos y pintura reciente.

Dalila no duda en afirmar que todo valió la pena. “Le doy gracias a Dios por las dificultades que pasamos porque me vino bien. Si no hubiera sido por María no iba a poder construir mi casa en cemento. No tenía los recursos. Ahora la casa es más segura”, dijo.

“Este es mi nuevo hogar que me dejó María. Ahora a seguir hacia adelante”, añadió.

 

“No estoy conforme”

Dalila vive en la comunidad Barrancas del barrio Machete de Guayama. En esa misma costa y a dos pueblos de distancia, en la comunidad Islote del barrio Playita Cortada de Santa Isabel, vive Guillermo Torres González.

La madrugada del huracán –20 de septiembre– el mar entró con furia a su casa y le tumbó la mitad del techo y la mitad de las paredes. “Me la explotó”, dijo Guillermo, de 65 años.

La casa está ahora remendada. Guillermo reinstaló la pared por donde entró el mar. Clavó pedazos de madera entre medio de las vigas que se habían roto. También puso planchas de madera en las divisiones entre los cuartos.

En el pasillo que separa la sala-comedor-cocina de las dos habitaciones, así como en la pared que divide la sala del comedor, atornilló unas planchas de PVC (poli cloruro de vinilo, un tipo de plástico). “Eso es a prueba de agua y de polilla”, destacó.

Las planchas permanecen con su cubierta y por eso exhiben el nombre del fabricante. “Me gusta así”, dijo. Todo eso lo hizo Guillermo con sus manos, sin ayuda. “Me caí tres veces”, recordó. Para el arreglo del techo, debió pagar la mano de obra, ya que rebasaba sus fuerzas. Y solo pudo cambiar la mitad del techo. Con esos arreglos pudo regresar a su casa. Había pasado cinco meses con unos vecinos.

Al igual que Dalila Ortiz, Guillermo solicitó ayuda federal y se sometió a la inspección de FEMA. ¿Por qué el resultado fue tan distinto?

La explicación, según Guillermo, está en los papeles de la casa. La casa está a nombre de su papá y su mamá, fallecidos en el 2005 y en el 2009, respectivamente. En ella Guillermo ha vivido durante los más de 40 años que tiene de edificada. Y en ese mismo solar estaba la casa donde creció.

“Me dijeron que no podían hacer nah porque yo no estaba puesto en la escritura”, explicó.

FEMA lo trató como a un inquilino. Lo compensó solamente por los daños en el interior de la casa. Recibió $5,000 de FEMA y un donativo privado de $1,500. Guillermo, por su propia iniciativa, decidió usar una parte para comprar cama, muebles y enseres y otra para reparar la casa… hasta donde pudo y como pudo.

“El dinero era para la ‘furnitura’ (los muebles y enseres). No estoy conforme porque yo lo perdí todo”, sentenció.

Su casa no solo está remendada con modestia sino que sigue en riesgo. A menos de 10 pasos de su balcón está el mar que, embravecido, entró en su hogar la madrugada de María.

La playa refleja lo mismo que la casa de Guillermo: que la normalidad evade a Islote. Un promontorio de escombros se levanta entre la carretera y la playa. El promontorio está formado por las piedras, la tierra, la madera, las planchas de metal con moho y otra basura que dejó el huracán en las casas y en las calles. Un bote roto corona el promontorio al lado de la casa de Guillermo.

Él ha preguntado al municipio qué van a hacer con todo eso. A veces escucha que lo van a recoger y a veces que lo van a dejar porque eso es un rompeolas pero los rompeolas están en el mar, después de la orilla de la playa (precisamente, donde rompe la ola); no antes de la playa.

 

Video: Dalila Ortiz 2017

 

Le pidieron lo imposible

A pocas casas de distancia, a Julio A. Rodríguez Sotomayor se le pusieron los ojos rojos mientras contaba la ayuda recibida. Le daba rabia, explicó.

“A mí se me fue todo el techo. Yo perdí cuatro juegos de cuarto. Lo mío fue pérdida total. Perdí más de 25,000 pesos. ¿Y qué fue lo que me dieron? Siete mil pesos”, sentenció.

FEMA solo autorizó $2,000 para la casa y $5,000 para muebles y enseres. Una organización privada le dio $1,500.

El personal de FEMA le explicó que no lo podían ayudar más con los daños estructurales porque no tiene seguro contra inundaciones.

“Vino FEMA, recogieron todos los datos y, según ellos, yo no cualificaba porque el que me vendió a mí supuestamente tenía que haberme dicho que comprara un seguro para la casa”, recordó.

“¿Dónde se consigue un seguro que te asegure una casa de madera y zinc en zona inundable?”, preguntó Julio. Él ha vivido en Islote durante 65 de sus 70 años de edad y no conoce a nadie que tenga un seguro contra inundaciones. “Me da mucho coraje”.

Los $5,000 se fueron en tres juegos de cuarto y en muebles para la sala. Para los otros muebles y enseres y para arreglar su casa ha tenido que comprometer una parte de la pensión de Seguro Social con la que se supone vivan su esposa, una de sus hijas, un nieto y él.

La familia permaneció refugiada en el centro comunal de Islote hasta diciembre, cuando se completó el arreglo del techo. También Julio está preocupado por el promontorio de basura que permanece entre la carretera y la playa. Además, está molesto porque en el municipio han culpado a la Junta de Supervisión Fiscal.

“Esa playa está que no sirve. Yo se los he dicho muchas veces, que hay que quitar ese estorbo. Pero aquí tú hablas y rápido te callan con la Junta (de Supervisión Fiscal). Que si la Junta no da fondos. ¿Pero qué tiene que ver la Junta con esto? Eso (el monte de basura) no estaba ahí, no lo trajo la naturaleza. Eso fueron ellos”, advirtió.

 

Video: Islote en 2017