Enfrentando los cambios de la vida

“¡Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos!” – Pablo Neruda

Una de las fuentes de depresión profunda en la vida es la de enfrentarnos a las presiones y angustias que nos causan los diferentes eventos que experimentamos a lo largo de la vida.

Estos “eventos” nos cambian la vida, a veces en un segundo, en otras lentamente como una sentencia anunciada.   Nos referimos al cambio.  Lo cierto es que ejercemos resistencia a una gran mayoría de los cambios que la vida nos obsequia.   Por otro lado, la muerte y el cambio son las únicas variables seguras que se pueden “vaticinar” a cualquier ser vivo.

¿Qué es el cambio?  El cambio es un elemento inevitable en nuestras vidas, como individuos y como parte de un grupo y de una empresa. El cambio es movimiento, es secuencia, es salir de una etapa y entrar a otra.

El desarrollo del ser humano desde su concepción hasta su muerte es un proceso encadenado de trasformaciones maravillosas.  El nacer, crecer, madurar, envejecer y morir representan etapas colmadas de cambios paulatinos pero seguros.  Resulta interesante que al nacer lloramos, (¿será porque no queremos abandonar el vientre materno?), y al momento de morir, lloramos porque no nos queremos ir!  La naturaleza es un escenario hermoso de mutaciones constantes.

Aunque nos resulten antipáticos los cambios, es casi imposible imaginarnos una sociedad sin ellos.  La ausencia de éstos podría conllevar una paralización fatídica, falta de progreso y ausencia de creatividad e innovación.

Algunos ejemplos que apoyan lo inevitable del cambio son los siguientes puntos.  En términos organizacionales, se ha comprobado que las principales corporaciones introducen cambios significativos por lo menos una vez al año, algunos de ellos drásticos.  En EEUU, 43 mil tipos de puestos desaparecieron a partir del 1979, de los cuales 20 mil han sido del 1990 para acá.  Hoy en día hay puestos que apenas hace un año no existían. La categoría del puesto de supervisor compone el 20%, por lo que la labor de supervisión es una tarea en extinción.

El concepto de trabajo permanente es una fantasía del pasado.  El 80% del progreso tecnológico que disfrutamos hoy se ha dado a partir del 1990.  Durante el período del 1965 al 1995 se ha producido más información que en todos los 5,000 años entre el 3000 AC al 1965 DC.

A nivel individual sufrimos el mayor de los cambios… solitos… paulatinamente y sin pausa. Es el de enfrentarnos a nuestro propio proceso de envejecimiento, el cual comienza desde la concepción, razón por la cual envejeciente es todo aquel ser que está vivo, no el que tiene sesenta (60) años o más.

La vida está repleta de cambios que nos cambian el curso del camino.  Un divorcio, una viudez no esperada, un accidente de auto, perder un empleo, la muerte de un hijo o de los padres, el cambio de residencia, contraer matrimonio… estos son ejemplos de cambios que van acompañados de altos niveles de ansiedad y tristeza profunda.

Esta realidad duele. Es una necesidad sicológica que los seres humanos nos gusta sentirnos en control de nuestros destinos. La incertidumbre que genera el cambio reduce ese “control” (¡Poder predecir lo que ocurrirá mañana!). La reacción típica es de incomodidad y ansiedad.  Lo cierto es que una porción considerable de la tensión asociada a los cambios es autoinducida, por la forma en que reaccionamos al cambio.

 

Los sentimientos que normalmente van acompañados al cambio pueden incluir:

1. Sentido de pérdida. El perder nos crea inseguridad, pues se pierde lo conocido.

2. Incomprensión. Cuando no comprendemos el cambio, experimentamos desconfianza, rabia y miedo.

3. Ridiculización. Utilizamos la broma y el sarcasmo porque lo “nuevo” nos resulta amenazante.

4. Intolerancia.  Las personas varían en sus respectivos grados de tolerancia al cambio. Algunas personas buscan el cambio activamente.  Pero la gran mayoría le teme y lo Evita.

5. Depresión.  Hundirse en la tristeza profunda, la depresión patológica, como un refugio para poder justificar que somos víctimas de la “vida”, y que la vida es injusta con nosotros, y nos “castiga” sin piedad.

 

¿Que podemos hacer para ajustarnos de una forma saludable y provechosa al cambio?

1. Rendirnos. Los orientales tienen una filosofía muy especial al respecto.  Ellos establecen que el primer paso es… someterse al cambio, esto es, aceptarlo.  Aceptar la parte del cambio que tú no puedes controlar.  Como dice el refrán “hacer de un limón una limonada”.

2. Identificar las oportunidades que cada cambio encierra.   Estas son oportunidades de probar nuestros talentos, nuestra madurez, y nuestra inteligencia.

3. Visualizar un futuro mejor. La visualización o la creación de una “visión” ejerce un poder fascinante en el proceso de adaptarnos al cambio.

4. Estar conscientes de que no todo cambia al mismo tiempo.  Es importante apreciar lo que no ha cambiado.

5. El conocer la diferencia entre lo que puedes cambiar y lo que no puedes cambiar es el comienzo de la transformación personal.

6. Permitir que el cambio trabaje.  El factor tiempo es crucial.  Para que el cambio funcione se necesita tiempo y apoyo genuino.

7. No combatir lo incombatible. Oponer resistencia infantil al cambio es malgastar energías que de otro modo se pueden utilizar en la creación de soluciones a los problemas que genera el cambio.

8. Tomar acción. La incertidumbre y la indecisión impactan negativamente la salud física y mental. Prolongar esta etapa no es saludable. Hay que tomar decisiones. Una vez tomamos la decisión, por lo general nos invade una sensación de paz mental placentera. El panorama cambia.

 

Por último, es conveniente tener presente que vivir el “atardecer” de la vida, de la misma forma que se vivió la “mañana” de la existencia, puede ser altamente nocivo para la salud mental. Lo que nos funcionó ayer, no necesariamente sea efectivo hoy.

La autora es psicóloga Industrial-Organizacional y Especialista en Gerontología. Puedes escribirme a: serviciospadro@gmail.com o visitar: www.adapadro.net