Inolvidables días de Reyes

Por Gil Rosario Ramos – Maed.

Los niños nos hacen redescubrir la Navidad. Con su alegría espontánea, sus preguntas, sus peticiones y su envidiable capacidad de sorprenderse, nos transmiten, en gran medida, la ilusión dormida en cada uno de nosotros. Ilusión que se va apagando con el crecimiento, el conocimiento y la experiencia. Ilu-sión que deberíamos cultivar si queremos gozar una vida plena. ¡Es posible conservarla!

Recuerdo con emoción los días de mi infancia cuando esperaba la llegada de los Reyes Magos. Qué dulce espera, que inquietante el conteo de los próximos días al momento cuando Gaspar, Melchor y el rey Baltazar hacían su entrada mágica en mi casa.

La víspera de ese día maravilloso era interminable. Tal parecía que el reloj se antojaba en detener el tiempo. Mi mente estaba ocupada en una procesión de ideas y ensueños, conjugados entre deseos e interrogantes. ¿Qué me traerán los Reyes? ¿Me habré portado bien? ¿Traerán uno o dos regalos?

A media mañana ya mis hermanos y yo habíamos cortado yerba fresca para dejarla debajo de la cama de mis padres. Éramos expertos en juntar y recortar pequeños mazos de yerba amarrados con cabuya. Aquello era todo un espectáculo de ternura infantil, pues creíamos “a pie juntillas”, sin reservas, que los camellos de los santos Reyes se alimentarían con tan rico manjar. Para los Reyes colocábamos pla-tillos con arroz con dulce preparado por las manos expertas de mami.

La esperada noche llegaba, pero no el sueño. Ese desvelo hacía más difícil y prolongada la espera. Al fin y sin pretenderlo, quedaba dormido. Ese sueño era corto, pues ya a las 5:00 de la mañana quedaba automáticamente de pie.

Desafortunadamente mis papás no gozaban del mismo desvelo y… había que esperar. Luego de un tiem-po prudente, organizábamos el coro preguntón. Todos mis hermanos y yo preguntábamos con armonio-sa coordinación: mami, ¿llegaron los Reyes?

Dirigidos por mi hermano mayor, esa letanía se repetía insistentemente. Así me inicié en el arte de la poesía coreada; era todo un espectáculo.

Cuando el “si” era pronunciado por uno de mis padres, la puerta resultaba muy pequeña para quienes pretendíamos entrar a la misma vez. Luego de recuperada la calma, mi papá nos iba entregando cada uno de los juguetes. “Este es para don Carlos Luis. Este es para la señorita María Angélica. Este es para don Gil”. Con estas ceremoniosas y afectivas palabras, mi papá distribuía las riquezas.

Solo sé que disfrutaba cada instante, cada segundo, gozando a plenitud el obsequio celestial” recibido de tres magos, tres Reyes, tres santos, representando (ahora lo entiendo) por quienes eran y siguen siendo unos verdaderos “monarcas”. Ese día tomaba más solemnidad cuando íbamos a la iglesia de Juana Díaz a ver a los Reyes durante la cabalgata y la Santa Misa.

Lo grande era, y hoy sigo disfrutándolo, que estaba plenamente convencido de que aquellos señores eran realmente los mismos que la noche anterior habían llegado “con gran cautela”, para dejar, bajo la cama de mis papás, un juguete.

Se lo aseguro… sigo creyendo en los Reyes.

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