La alfombra de los pobres

Por Gil Rosario Ramos

 

¡Qué tiempos aquellos! Qué inolvidable época cuando la vida era más sencilla, más austera, más inocente y acompañada de tantas ilusiones… Recuerdo la alegría espontánea y festiva cuando en mi casa se sustituía el viejo y degastado linóleum por uno nuevo, de brillantes colores y olor a nuevo. ¡Qué alegría ver desplazar el cansado y pisoteado linóleum!

Mi papá realizaba el descuidado ritual: digo descuidado porque así era. Ya estaba viejo, ya no gustaba, ya había pasado su buen tiempo ¿para qué cuidarlo? Removerlo traía consigo algunas agradables sorpresitas: una ficha por aquí, un chavito prieto por allá y alguna que otra cosita depositada involuntariamente debajo de la alfombra del pobre.

Ese esperado día, mis hermanos y yo gozábamos con más entrega que con el más sofisticado juguete, esos minutos parecían segundos como un presagio de la efímera felicidad de la vida.

La parte más cuidadosa del ceremonial la continuaba papito, con la ayuda discreta de mi mamá.; encargada de mantenernos “en la raya” mientras él hacia su delicado trabajo en el que había comenzado temprano en la mañana, al colocar el linóleum donde le diera más fuerte los rayos del sol. ¡Exquisita la sabiduría de mi papá! Esa exposición a calor hacia más manejable la ‘alfombra’ hecha de petróleo y cuya sola presencia anuncia, a todo pulmón, la cercanía de la Navidad.

El orgulloso señor de la casa iba deslizando poco a poco el tan preciado tesoro, colocándolo sobre la madera con olor a humedad reprimida. Una navaja de afeitar de un filo era impacientemente manejada por el don Monchito para cortar el linóleum donde hacía falta, principalmente en la entrada de las puertas de los cuartos.

Mientras eso ocurría, se escuchaban constantes regaños del celoso instalador, temeroso de echar a perder su trabajo. ¡Llegó el momento esperado! Ya el proceso había terminado y podíamos entonces brincar sobre el nuevo soberano del piso., a gusto. Papito y mami siempre entendieron la alegría de ser niño y nos permitían gozar, por un rato, del ‘nuevo piso’ de diseños llamativos. Pasado el momento, volvían a colocar los muebles de madera y pajilla, con su mesita de centro, además del austero juego de comedor. La casa se veía preciosa, mientras mami y papito parecían contagiarse con nuestra inocencia.

En uno o dos años, dependiendo de la calidad y la ‘paleta’ tributada por nosotros al linóleum, nacería una nueva gran fiesta y toda una ilusión. Cualquier sugerencia puedes escribirme a: gilrosarioramos1@gmail.com Para seminarios favor de llamar al 787-837-8574. ¡Hasta la próxima!

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