“La endometriosis no es silenciosa”

Por Alejandra Jover

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A primera vista, Natalia Ortiz Maurás no se distingue de cualquier otra universitaria. La joven estudiante de diseño industrial en la Universidad Ana G. Méndez en Gurabo parecía tímida al ser llamada a tomar el micrófono durante la actividad Expo Mujer, llevada a cabo en el centro comercial Plaza Las Américas en el marco del Mes de la Endometriosis.

Visiblemente, Natalia es una joven mujer llena de vitalidad, pero su vientre esconde una bomba de tiempo que, afortunadamente y tras tratamiento intensivo, está bajo control: una endometriosis estadio 4 que tomó años en ser detectada.

“A los ocho años me dijeron que tenía sobrepeso y, a los 10, tenía masas y muchos moretones en los senos, y no entendíamos por qué”, recuerda la universitaria. “También tenía dolor en los huesos, pero mi pediatra decía que eso era normal por el crecimiento”.

El desarrollo llegó a los 12 años y esa menarquia duró 28 días consecutivos. “Tuve múltiples visitas a Emergencias y me decían que el dolor y el sangrado profuso eran normales, y que los quistes que tenía se me iban a ir solos”, comentó Natalia sin poder ocultar su frustración.

“Cuatro años más tarde me empezaron los dolores de espalda intensos… yo practicaba el surfing y pensaban que era por eso; me dieron terapia, relajantes musculares, analgésicos y le pedí a mi fisiatra que me mandara a hacer otras pruebas, porque yo sentía que había algo más”, insistió.

Esa semana se confirmaron sus temores. “Mi vida cambió drásticamente. Paré de orinar, mis intestinos se paralizaron y me tuvieron que operar de emergencia. Tenía quistes y tumores y me diagnosticaron endometriosis estado 4; el tejido me invadió el hígado, el intestino, el peritoneo y el cul-de-sac. Me estaba destruyendo por dentro y yo no sabía”, exclamó.

Dentro de todo este drama, Natalia tuvo que enfrentar la indiferencia tanto de los médicos, que descartaban sus síntomas como algo normal, como de sus profesores, que no podían entender que su padecimiento era real y no “changuerías”, como son acusadas la mayoría de las pacientes.

“La endometriosis no es silenciosa, se está manifestando de diferentes maneras”, recordó la joven. “Algunas podemos sentirlo más que otras, pero eso no limita que vayamos a un médico a evaluarnos. Los tabúes deberían acabarse, eso de que las niñas no deberían ir a un ginecólogo por ser señoritas… Hay que dejarle saber a la gente y a los médicos que esta condición es importante; no debería tardarse tanto en diagnosticarse”. En Puerto Rico, una mujer puede padecer hasta diez años antes de lograr ser diagnosticada correctamente.

“En el aspecto académico tuve muchas dificultades; no entendían por qué me ausentaba tanto a clase ni que no era un capricho mío tener que utilizar otro uniforme porque mi abdomen no me lo permitía (usar el regular). No era capricho mío no poder tomar un examen porque me afectaba emocionalmente porque sí, esto afecta emocionalmente, porque nosotras queremos vivir sin dolor, no queremos sentirnos oprimidas, no queremos limitarnos de hacer cosas porque queremos vivir felices”, exigió la joven.

Hoy día, Natalia continúa sus estudios con el apoyo de su familia, enfrentándose a lo que llamó esperanzas perdidas y a la insensibilidad de la gente. “Hay quienes todavía me preguntan, ‘¿y no vas a tener hijos? ¿Eres infértil?’”, y yo les digo que yo prefiero pensar en calidad de vida a pensar en eso. Hay diferentes opciones de poder tener un hijo”, resaltó, mencionando que, precisamente, su madre padece de endometriosis y decidió adoptar a quien es ahora su hermano mayor.

“Nosotras somos gente y la vida de nosotras vale. Nosotras valemos. La endometriosis no es silenciosa, se manifiesta de distintas maneras… Yo les invito a hablar, que no tengan miedo. Nadie debería vivir así”.

Natalia se ha dedicado a llevar la vida más normal posible dentro de su condición. “Hoy yo estoy aquí porque encontré mi propósito. Antes no entendía el por qué, y ahora entiendo que, tal vez, me esté sucediendo para poder ayudar a otras personas”, culminó.