La señal de los tiempos

Parte 1: Sembrando conciencia

Boriké, nombre taíno que posteriormente fue sustituido por Puerto Rico, es un archipiélago de origen volcánico con un suelo muy fértil.  Por su localización en el Caribe, la isla goza de una diversidad climática: desde el bosque pluvial El Yunque hasta el Bosque Seco, el Río Camuy (tercer río subterráneo más grande del mundo) y sus impresionantes cuevas y cavernas; la Cordillera Central que abraza en su seno sobre mil arroyos y quebradas que corren desde “jalda arriba”  hasta el mar.  Asimismo, contamos con una pluralidad impresionante en cuanto a fauna y flora. Y, sin dejar de mencionar, las hermosas playas reconocidas a nivel mundial. En fin, vivimos en un paraíso tropical.  No es casualidad que se nos distinga como la Isla del Encanto.

Más allá de su evidente belleza, la isla guarda una contradicción en su interior en cuanto a la agricultura.  Para el 1899, el paso del huracán San Ciriaco trastocó el potencial de la cosecha local. Las “ayudas” del nuevo gobierno norteamericano que se implementaron fortalecieron al empresario extranjero que venía a lucrarse del esfuerzo del jornalero industrial.  En una acción muy común en estos tiempos, las intenciones económicas de los bancos y corporaciones extranjeras desmantelaron nuestra agricultura diversificada -café, tabaco, arroz, frutos- a una de monocultivo: la caña de azúcar.

El peor escenario fue en 1934 cuando la Central Guánica, Central Aguirre, Fajardo Sugar y United Porto Rico Sugar pertenecían a corporaciones norteamericanas que dominaban el 98% de la tierra cultivada.  Es decir, un puñado de corporaciones foráneas dominaron el desarrollo agrícola del país, arrastrándonos hacia una economía de dependencia alimentaria. La realidad es que, hoy día, la situación no cambiado mucho… pregúntele a Monsanto.

Puerto Rico ha fallado en proteger su política pública dirigida a la seguridad alimentaria y sustentable.  El sistema colonial está bajo amenaza de los recortes billonarios en los programas de nutrición federal (cupones de alimentos). Esto nos amarra a que, todavía, dependamos de la importación del 90% de los alimentos que consumimos.

¿Sabías que para el 1980, se producía localmente el 42% de los alimentos?  Para el 2012, el Censo de Agricultura registró cerca de 13 mil fincas de 18 mil que habían contabilizado en el 2002.  No se está sembrando lo suficiente para el consumo local.  La distancia de los alimentos importados, su calidad y la vulnerabilidad de las rutas marítimas por los fenómenos atmosféricos producen un escenario poco alentador para asegurar que tengamos comida constante.  Esto es peligroso.

En respuesta, los/as civilizionarios/as alrededor del mundo hemos iniciado huertos urbanos.  Desde Londres hasta Alepo y desde Kenia hasta Mumbai. Desde Tokio hasta Los Ángeles cruzando por Detroit hasta Brooklyn; desde Managua hasta Medellín, Sao Paulo y Santiago.  Desde La Habana hasta el Caño Martín Peña y, finalmente, Ponce, Puerto Rico. Todas estas ciudades y muchísimas más comienzan a transformarse en zonas eco-amigables.

Por tanto, el Huerto de la Libertad, en la Avenida Las Américas, en Ponce, se levanta como insignia viva ante la amenaza alimentaria a nivel nacional y global. Necesitamos ocupar y defender los espacios públicos o abandonados para producir nuestra comida y que éstos sean accesibles.  De esta manera, iniciamos una economía comunal y un modo de vida saludable y sostenible.

Las ciudades embriagadas de cemento no necesariamente simbolizan progreso.  El avance está en la unión comunitaria para proteger nuestro único hogar: el Planeta Tierra.  El llamado es urgente a sembrar conciencia.  De lo contrario, seguiremos sometidos a la importación o a la escasez alimentaria.  Tú decides.

La presente columna es una de tres propuestas sobre la alimentación sustentable, la pobreza y el cambio climático como temas trascendentales y muy pertinentes para nuestros tiempos. Síguenos a través de @puntocpr en Facebook