Los trabajadores siempre la pagan

 

Es un hecho que el mercado laboral que vivimos hoy es uno radicalmente distinto al que tuvieron nuestros padres y madres para las décadas del 1950-1970.  Ellos(as) gozaron de una época donde el Estado Benefactor les permitió estudiar, hacerse de una carrera estable y con beneficios, comprar su hogar, sostener una familia y, en consecuencia, participar de la movilidad social (ir de pobre a clase media o a clase pudiente).  Todo aparentaba marchar bien.

Unos 30 años en esa onda permitieron que grupos “minoritarios” libraran importantes luchas para adquirir o ampliar sus derechos en la sociedad. Estos grupos se organizaron en movimientos feministas, los Afro descendientes, la comunidad LGBTTQI, los hippies, los estudiantes universitarios, los sindicatos, y otros grupos humanos de igual importancia.  Todavía se respiraba democracia dentro de los fuertes tumultos durante las mencionadas décadas. Pero algo inesperado sucedió.

En la sociedad estadounidense se comenzó a gestar el virazón socioeconómico más terrible, más inhumano y anti-democrático nunca antes visto.  El sistema capitalista comenzaba a mutar hacia la fase conocida como neoliberalismo.

Para la década del 1970, en el Congreso de los EEUU, poderosos empresarios comenzaron a adentrarse al aparato gubernamental hartados de que el gobierno le concediera “excesivos” derechos a los(as) trabajadores(as), mientras, les “regulaban” sus negocios y sus contribuciones.

Por tanto, se comenzó a diseñar un nuevo modelo económico basado en el libre comercio impulsado por el economista Milton Friedman.  Podríamos denominar a este fenómeno como “golpe de estado corporativo”.  Tanto las reformas laborales como las contributivas tenían que flexibilizarse como fuera.

Esto no se dio por mero accidente.  Para implantar la desregulación del empleo se requería de una- o varias- crisis o “shock(s)” de carácter económico, guerra o un desastre natural para, así, justificar la imposición de medidas de austeridad.  El momento para implantarlo es malévolamente perfecto porque de otra manera esas medidas no tendrían el aval del pueblo trabajador.

Entrado en la década del 1980, el ex presidente Ronald Reagan y en Inglaterra, Margaret Tatcher, libraron el comercio aceleradamente.  Desarticularon las leyes laborales, intensificaron su campaña para demonizar a los sindicatos y aquel empleo estable de antaño comenzó a transformarse en uno inseguro, inestable y precario.  Desde entonces, el neoliberalismo ha sido el sistema dominante en muchos países del mundo. Y sí, en Puerto Rico también.

Los gobiernos coloniales, desde la década del ’90 hasta hoy han insistido en precarizar el mercado laboral.  El empleo precario, básicamente,  lo caracteriza: el disloque sistemático contra los derechos adquiridos, la hiper-flexibilización de la jornada laboral, la subcontratación, los empleos temporeros, el subempleo, los salarios bajos, etcétera.  Eso va acompañado con acción frenética de privatizar los servicios públicos.

Un ejemplo tangible lo hizo el gobernador actual en una conferencia de prensa, indicando que Puerto Rico está apto para el libre comercio, los contratos como Whitefish, COBRA y otros, e invita incansablemente a la inversión extranjera de corporaciones que buscan mano de obra barata.

En varias semanas el Congreso determinará la nueva Reforma Contributiva que tendrá un impacto significativo, no solo para la clase trabajadora estadounidense, en cuanto a la clase trabajadora local.  Miles de empleos están en la mirilla si las empresas locales deciden irse de la isla de aprobarse dicha reforma.

No obstante, el gobierno colonial de turno aún sostiene su visión de mantenerse mirando hacia el Norte para poder tener alguna relevancia en cuanto a desarrollo.  Apenas son capaces de mirar al pueblo y desarrollarlo desde sus entrañas.  Ahí es donde todos los gobiernos han fallado.  Carecen de un proyecto de país para el país.

La codependencia económica con Estados Unidos es lo único que se les ocurre sostener.  Le tienen pánico a adentrarse a desarrollar la isla desde los(as) puertorriqueños(as) porque saben que no le tememos adentrarnos al mundo.

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