Medio siglo en la pesca de jueyes

 

Por Eduardo L. Questell Rodríguez

Fotos: Tony Zayas

redaccion@esnoticiapr.com

 

GUAYANILLA – A punto de cumplir sus 58 otoños, Jesús Manuel Rodríguez Campos oriundo de la playa de Guayanilla, no ha pasado un día desde sus ocho años en que no pesque, maneje, limpie o coma un juey, una de sus mayores pasiones.

Con sentimientos encontrados entre acogerse al retiro o continuar con el humilde oficio que ha practicado por casi 50 años que va en vías de extinguirse por la apatía de la juventud, Manuel como lo conocen, sale casi todos los días justo al alba, a buscar el sustento de su familia a través de la pesca del crustáceo.

“Este puede ser el último año mío, puede ser que me retire”, dijo mientras se preparaba para la faena.

“Llevo en esto desde que mi hermano Guillermo me llevó a coger jueyes por primera vez a los 8 años, en 1969. Eso fue en un área que llamaban el peñoncillo, donde están los remolcadores de Guayanilla”, recordó antes de señalar que vive “orgulloso de este trabajo, me siento feliz, me encanta esto de coger jueyes y se venden bien, pero es sacrificado y yo estoy casi ciego ya”.

Llegó Junior, Edelmiro Quirós González, compañero de pesca hace varios años y no perdieron tiempo para, entre ambos, comenzar la rutina.

Eran las 5:20 de la mañana. Ya Manuel preparaba la guagua echándole gasolina de un enorme contenedor que conserva para estas ocasiones. Ya se veían los primeros rayos del Sol asomándose por encima del antiguo Castillo de Mario Mercado. La frescura de la mañana duró poco. Comenzaba a sentirse el calor veraniego.

Y así, por fin salieron al encuentro con los jueyes, entre el olor de la gasolina y el melao’, trazaron curso a Peñuelas. El melao’ es un líquido negro y espeso (parecido al jarabe de panqueques), que expide un olor fuerte entre dulce y amargo que evoca un poco al aroma del ron curado. Ese melao’, que se compra en los agrocentros se utiliza como carnada para los jueyes al untárselo a la guata que se coloca en las trampas, es precisamente ese aroma el que enamora al juey, sin saber que lo lleva a su fatalidad.

“A las 3:30 de la mañana me levanto y lo primero que hago es prender la estufa para el café, sin café no salgo”, describió Manuel. “Luego pongo todo en mi guagua y ya a las 5 estoy listo para salir. Lo hago así porque sino sale el Sol y se mueren dentro de la jaula los jueyes que cayeron desde ayer. Ese juey de tierra que nosotros cogemos, no sale de su cueva después de las 9 de la mañana. A veces las dejo de un día para otro, sino las escondo para que no me las roben. Los pillos de dos patas me han robado trampas, pero como yo sigo a Dios, pienso que si se las llevan es porque las necesitan más que yo. Sin embargo, sí me las piden yo le regalo dos o tres, pero que no me las roben porque este es mi sustento”, suplicó el guayanillense.

 

La exploración, el acecho y la captura

“Mis sitios son escogidos, les he puesto nombre. Cuando no hay jueyes en ningún lao’, me voy a ‘El último brinco’ que es en la Ecoeléctrica y lo que se cogen son ‘animales’, allí tengo que ir por mar. También está ‘Tallaboa La Negra’ y para donde vamos hoy ‘Tallaboa Encarnación’. La clave cuando se cogen, es que no se engorden mucho porque se pueden morir, la hembra echa un coral y el macho una mantequita blanca”, nos narraba mientras transitaban por la carretera PR-127 con la termoeléctrica Costa Sur de fondo, con sus luces parpadeantes y chimeneas humeantes.

Al llegar al lugar, 5:32 de la mañana, empezaron a caminar. Los dos hombres iban limpiando el camino con machetes en mano. Mientras, especulan sobre el resultado de la jornada.

“Por el tamaño del mojón yo se que un juey debe medir más de 2 pulgadas y media, ese es un jueyito bueno. También por las pisadas yo se que es un juey bueno, grande. Los pequeños a penas dejan un rastro. Me doy cuenta que hay jueyes en las cuevas por los mojones y las pisadas en la boca del orificio, si hay telaraña no hay juey”, aclaró Manuel.

Él no espera mucho tiempo, arma una trampa de un día para otro y si está vacía al momento de verificarla la mueve porque el juey no cayó.

Llegó el momento, a las 5:51 am. se encuentra con una trampa que tiene juey. “Esta está caída”, exclamó.

Cuando vació la jaula apuntándola hacia el piso, cayó el juey, es hembra. Al caer quedó inerte en el suelo como si se hiciera la muerta, de inmediato Manuel la recoge y la pone en un cubo. Luego de recoger algunas seis, lucia algo desorientado, el follaje del área no era el mejor aliado, el terreno no es parejo, hay maleza por doquier y muchos hoyos.

“Siempre que pongo una trampa miro alrededor, veo las marcas para que así no se me pierdan y con el machete preparó los alrededores de la cueva quitando los chichones y así queda bien, porque si no queda alta. La abro, reemplazo la guata si hay que hacerlo sino le pongo más melao’ y queda lista. Le dejo abierta la compuerta con el gatillo hacia arriba de cara al hoyo, cuando huelen el dulce, suben rápido”, aseguró el experimentado pescador.

Lo siguiente es dar la ronda para volver a ubicar las trampas, un proceso que se sigue repitiendo constantemente en intervalos de 30 minutos aproximadamente entre cada salida.

“Ahora monto la hamaca y en media hora viró a recoger las trampas caídas, así he cogido hasta cinco docenas. Mientras tanto canto coritos de alabanza a Dios o me echo un sueño. Es bien importante descansar el cuerpo entre búsquedas, mi cuerpo ya no es el mismo de antes. Por eso tampoco vengo solo, si me caigo o me pasa cualquier cosa está el compañero pendiente”, comentó.

“Algunas las trampas las hacen solo con madera, de tubo pvc o la puntiaguda que hay que ponerla de chola en la cueva. Prefiero la cuadrada porque es más eficaz. No falla. Tengo un molde. En un día puedo hacer veinte con calma. Las hago de hojalata y madera, entonces las pinto de verde para diferenciarlas de las de mi compañero que son rojas. Mi papá era carpintero y así aprendí a construirlas”, recordó.

 

La demanda compensa el esfuerzo

“Del juey ‘palancú’ la docena cuesta 30 billetes, pero he vendido docenas a 30 y 40 pesos. Mis clientes son de Carolina, Arroyo, Coamo, Santurce y Ponce. Ellos son fieles conmigo y me dicen, “yo siempre te lo compro a ti”, ¿por qué? no se. Dios provee trabajo siempre, he visto hasta tres jueyes machos en una cueva. Eso de que dos jueyes machos no pueden vivir en una cueva es embuste. En sequía casi no se atrapan, ellos se tapan para mudar el casco, la cueva tiene una cubierta de fango mojado, ahí crecen hasta por tres meses. Pero en tiempos de lluvia corren hasta solos sin armar trampas, los coges. Ni hablar de las corridas que es cuando se aparean y vienen por cientos del mar a la playa”, narró al haber sigo testigo muchas veces del evento.

Manuel mostró varias especies de la planta verdolaga que, según dijo, son la fuente principal de alimento de los jueyes en su estado silvestre. Comentó que la clientela prefiere los jueyes grandes.

No obstante, el grande se tarda un mes en limpiarse para poder consumirse, mientras el chiquito tarda solo dos semanas.

“Cuando los abres tienen que estar amarillitos, si no están limpios se ven prietos. Con el olor sabes si están limpios o sucios. Estos de hoy en dos semanas salgo de ellos, echándole maíz picao’ los pongo gordos”, dijo.

 

La especie, la veda y la burocracia del DRNA

El juey común (Cardisoma guanhumi) vive en suelos llanos costeros, aunque se han encontrado hasta 5 millas del mar. Esta especie de crustáceo es semiterrestre, vive en cuevas que excava en el suelo, pero depende del agua para su respiración y reproducción.

También es el cangrejo de mayor tamaño e importancia comercial. Por esa razón, el Departamento de Recursos Naturales y Ambientales (DRNA), estableció en el 1999 regulaciones para su protección. Actualmente, existe una veda que prohíbe la captura del juey entre el período del 15 de julio al 15 de octubre de cada año. Se prohíbe igualmente la captura de hembras con huevos, de ejemplares menor a dos y media pulgadas de ancho del casco, en reservas naturales y la intervención de cuevas con palas.

“La veda ha funcionado, gracias a eso hay mas jueyes que nunca. Soy de los pocos pescadores con licencia y mi yola tiene el marbete de pesca comercial, pero la verdad es que Recursos Naturales fiscaliza más a los que tienen licencia que a los que no tienen”, expresó.

A las 9:42 se acabó el día de trabajo. Manuel atrapó 19 jueyes. Junior culminó la jornada con 20. Sin embargo, ahí va Manuel en una mano las trampas, en la otra su cubo y su bultito siempre en la espalda con su café y la hamaca lista para otro día más.

La faena de pescar jueyes