“Mi padre desapareció en el mar”

Por Angelique Fragoso Quiñones

angelique.fragoso@esnoticiapr.com

 

GUAYANILLA – Siete décadas de pesca en las costas sureñas del país le han ganado el reconocimiento de maestro de pescadores. Sus vivencias y el ser testigo de pérdidas de vidas en el mar le enseñaron a lidiar con el peligro de las aguas.

Guillermo Molano Morales tiene 88 años y aún ejerce la pesca. Lo hace en ocasiones. Un derrame cerebral que sufrió en el 1995 le incapacitó para volver a bucear como antes.

“Seguí pescando con nasa y cordel; buceé cinco o seis veces más pero me cansaba mucho y tuve que dejar de hacerlo”, relató Molano Morales, quien se dedicó a pescar principalmente langosta, pulpo y carrucho.

Este humilde pescador dedicó toda su vida a este oficio y a enseñar a sus colegas y alumnos los lugares estratégicos donde conseguir los mejores pescados.

“Seguimos la pesca porque era lo que aprendimos en la familia. No he hecho otro tipo de trabajo en Puerto Rico más que pescar… sueño casi todas las noches que estoy pescando langostas”, aseguró quien se considera el puertorriqueño que más ha pescado este tipo de crustáceo.

Este conocimiento lo adoptaron varios de sus hijos, pues el pescador tuvo más de una veintena de hijos con diferentes parejas. Algunos de sus retoños y sus madres ya han fallecido.

Molano es ponceño de nacimiento y fue precisamente en la Ciudad Señorial donde comenzó su pasión  por la pesca. Sin embargo, su más reciente amor lo motivó a mudarse a La Playa de Guayanilla, donde vive hace 37 años.

 

Vivencias en el mar

“Mi padre desapareció en el mar”, recordó Molano con cierta nostalgia. Esta fue la pérdida que más ha marcado su travesía como pescador, pero que en lugar de detener su gusto por el mar, le motivó a seguir esa tradición familiar, la cual adoptaron varios de sus hijos.

Otro de los acontecimientos más difíciles que recuerda es el día que pensó que no regresaría vivo del mar. Estaba buceando y cuando salió a la superficie sus compañeros le habían dejado solo.

“Estuve como ocho horas nadando… casi a las 5:00 de la tarde llegue a la orilla; gracias a Dios no tuve ningún inconveniente porque no perdí la calma… me daban por muerto; habían como ocho lanchas buscándome y ninguna me pasó por el lado”, recordó -entre risas- aquel día en que se encontró solo luchando con los peligros del mar.

Molano fue testigo de cómo varios de sus compañeros murieron en el mar. Uno de ellos lo llamó Tolón, quien le acompañó un día a pescar langostas. “Estaba buceando, sentí que me estaba halando la soga; cuando salgo y veo estaba casi cayéndose (del bote); ya estaba muerto”, narró Molano.

Explicó que su amigo le había dado un ataque fulminante y que los $40 que le tocaban  ese día por su trabajo se los dio a la madre del pescador.

Otra triste pérdida fue la de uno de sus alumnos quien, por no seguir consejos,  murió de una embolia.

“Se tiró a 126 pies hacia abajo y cuando salió esmanda’o, porque se le había acabado el aire, se bolló y salió muerto; era flaco y salió inflado”,  recordó entristecido porque muchos de sus aprendices también sufrieron embolias por rechazar los consejos de quien trataba de enseñarles.

 

Lo jocoso de la pesca

Entre sus múltiples anécdotas recuerda con cariño el día en que salvó a un delfín que se enredó con las líneas de pesca.

“Un día estoy con el compañero Ulises y le dije ‘compai hay algo enredado’, era un delfín. Me dice: ‘va a haber que cortar los cordones con un cuchillo’. El animal se quedó quieto y se movió lentamente, salió casi de la mitad para afuera y nos miró como dándonos las gracias”, recordó Molano sobre el día en que comenzó su amistad con un delfín.

Contó que el animal regresaba ocasionalmente a donde ellos y les reconocía. “Luego venía a verme y se dejaba tocar de mí”, describió.

Las experiencias con los tiburones no fueron tan agradables como con los delfines. En una ocasión le acompañaba otro amigo pescador y estaban por agarrar un pez capitán como de 7 u 8 libras, algo que les quiso impedir un pez mucho más grande.

“Vino un tiburón, me llevó la biga con todo y capitán y le dije a mi amigo: ‘voy a tirarme a buscarla’ y me dijo yo te compro una, yo te compro una”, recordó entre carcajadas aquel momento tenso que encontró jocoso.

“Tuve que traerlo (a tierra) porque se puso pálido”,  recordó.

 

El pescador de hoy

Molano Morales aseguró que en la costa de Guayanilla es donde más pescadores hay en todo Puerto Rico, la cifra la estimó en 200. Sin embargo, también entiende que es el lugar donde menos armonía y unión hay entre ellos.

“Hice tres o cuatro asociaciones y se disgustaban y se iban… los pescadores de aquí todos son chismosos, hay como tres grupos de pescadores, que si se ponen juntos terminan peleando”, indicó.

Recomendó que se realice una empresa municipal que administre el sector de la pesca, que pueda dar orden y desarrollar este trabajo tan importante en un país donde el consumo de pescados y mariscos proviene principalmente del extranjero.

El maestro de pescadores se puso a la disposición para orientar sobre el tema, porque entiende que sus experiencias pueden servir para futuras generaciones y hacer resurgir esta industria.

“Sirvo para dirigirles en cosas de pesca y enseñarles a los pescadores para que ese conocimiento dure”, manifestó en la sala de una humilde casa en madera cuyas paredes tiene decoradas con decenas de caracoles y otras piezas marinas que atesora como trofeos regalados por su amigo el mar.

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