Mientras tanto: notas de una sala de espera

 

Mi médico dejó de aceptar mi plan médico. Si quiero verlo, son $30. Más tengo que saldar la deuda de los exámenes que el plan se negó a pagar. Ya son cuatro horas en la sala de espera. Me dan ganas de irme y me levanto. Pero recuerdo que la historia se repetirá en otras oficinas médicas. Así que me siento de nuevo en la sala y espero. ¿Adónde va a parar el tiempo de los “mientras tanto”? Me temo que nadie ha calculado esa pérdida.

Mi médico me preguntará cómo va la clase de Literatura Antillana. Hablaremos de Martí muy probablemente. Me dirá que debo enseñarle a los “jóvenes a escribir y a pensar”. Le diré que lo hago. Hoy no tengo fuerzas para entrar en la batalla contra el mito de la inutilidad de los millenials y los ninis. Como dudará de mi propia juventud me hará un breve quiz: “¿En qué batalla murió Martí?”. Permaneceré en silencio. Me dará una receta que el plan tampoco cubrirá y me recordará la deuda. A son de chiste dirá: “Paga para que te acredites”. Saldré de la consulta a pagar lo que todavía no he cobrado de mi trabajo como profesora.

A la salida de la oficina, a la que falsamente juro no volver (sabiendo que volveré porque el médico en cuestión demasiadas veces me ha dicho que ha sido él quien me salvó del cáncer), pienso en mi abuela paterna, Lupe.

Guadalupe Morales, mi abuela, trabajaba en comedores escolares. Papi me cuenta que a veces le detenían sin motivo el cheque y tenía que bajar desde Corral Viejo, en la montaña de Ponce, hasta el casco urbano para que se lo devolvieran. No había carro. Su esposo, mi abuelo, Antonio Ramos, trabajaba la tierra y era experto en ganadería y animales. Abuelo trabajó casi 15 años con unos terratenientes miembros activos del Partido Republicano. Nunca le pagaron el seguro social.

A mis abuelos los conocí brevemente. Tengo de ellos una memoria recuperada a través de las historias de papi. Cuando menos me lo espero, estos recuerdos abonan a la rabia que uso para enfrentar este tiempo mientras tanto, denominado crisis o recesión. Tomo nota de todas mis incertidumbres: los cheques sin llegar, la falta de un trabajo a tarea completa, la certeza de que ni el retiro ni la jubilación serán una opción a largo plazo, la triste aceptación de que una casa con mi nombre está fuera del alcance, la inutilidad de mi plan médico.

Con la rabia vuelvo a mi salón de clases. “¿Cuántos de ustedes han pasado hambre?”, pregunto a mis estudiantes. Ninguno se define pobre, pero algunos comen una vez al día. Una irrumpe en llanto contando cómo su abuelo murió en un hospital en Carolina por falta de asistencia médica. Otro baja la cabeza.

Hablar y aceptar que la precariedad ha sido y es parte de nuestra realidad es, para muchos, el primer acercamiento a la resistencia y el combate.

A eso me dedico, a eso y a contar que Martí murió en la batalla de Dos Ríos.

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