Mira la lluvia caer

En Ponce no llueve.  O al menos es el mito con el que crecí. La lluvia era una excepción en mi infancia. Pocas veces usé el poncho que exigían en la escuela como parte de los materiales. Quizás porque la lluvia era una excentricidad, cuando el cielo se rajaba la ciudad se detenía.

Cuando alguien decía que ya la avenida Las Américas estaba inundada era tiempo de detenerlo todo. Había que correr a la casa, no salir de ella. De niña esto me resultaba insoportable. Que amaneciera lloviendo no me parecía una excusa para anotar una ausencia en la lista de asistencia en la escuela. Mucho menos cuando tenía a mi cargo el importantísimo rol de ser la secretaria del salón, desde cuarto hasta séptimo grado.

Mis papás intentaban persuadirme para no llevarme a la escuela, pero no era posible. Tenía que llegar al salón. En más de una ocasión tuvieron que irme a buscar poco menos de una hora después de haberme dejado. Con el peso del uniforme ensopado y los zapatos ahogados en los charcos caminaba de vuelta al carro. “Hoy no pasaron asistencia”, decía furiosa.

La lluvia que no me empapó en mi infancia me ha perseguido en mi vida adulta. En San Juan tuve que aprender rutas alternas para esquivar las venganzas acuíferas de los cuerpos de agua que con el beneplácito de la lluvia buscan volver a sus orígenes, ahora carreteras.

En Santiago de Compostela no me quedó más que aprender la diferencia entre una sombrilla y un paraguas. Si en Ponce dejar perdido el “paraguas” era un lujo, en Santiago era un despiste imperdonable. Siempre llovía, siempre.

Ahora entiendo que era la lluvia lo que condicionaba el ritmo de estas otras ciudades, tan distinto al mío. Aprender rutas alternas, así como aprender a caminar con botas de hule no me resultó del todo cómodo. Todo me parecía tan lento, tan inútil.

No hubiese entonces previsto que con el pasar de los años también caería bajo el embrujo de la lluvia. Ahora, cuando llueve, no me da el cuerpo para salir a ninguna parte. Mucho menos para imponer mis prisas a la cadencia acompasada de la lluvia. He aprendido a disfrutar la lentitud de los días. A ir despacio. Que la velocidad no es siempre síntoma de bonanza o productividad.

Hoy desaprendo que la prisa es un discurso fabricado, quizás por los mismos que hacen de la rapidez una lujosa comodidad, desde los fast-foods y los auto-expresos, hasta el pre-abordaje en el avión y las cirugías plásticas. Desaprender la imposición de la prisa es una forma de resistencia.

Si bien a veces hay que atravesar el aguacero, también hay veces que toca dejarle el cielo a la ciudad, aceptar la pausa que nos concede la lluvia como quien dice: “Hey, vete, recupera la serenidad, y tómate un café”.

2 comments

Excelente me has hecho recordar mi infancia y adolecencia en mi amado Ponce. Llover en Ponce era entonces una fiesta. Adelante sobrina me Gustavo mucho tu blog.

Deja un comentario

*