Moretonados

Nuestro país está lleno de moretones.  Los últimos 10 años nos han dado muy fuerte.  Los huracanes del año pasado nos dejaron en estado catatónico.  Algunos le llaman resiliencia al proceso de recuperación tras los fenómenos atmosféricos.  Otros le dicen instinto de supervivencia.

Cualquiera de los dos conceptos serían irrelevantes si no se contextualizan en el momento histórico que vivimos que hasta hace unos días atrás, una familia en Humacao celebraba la llegada de la preciada energía eléctrica en una foto muy emotiva junto a su árbol de Navidad.

La foto produce gran alegría pero, también, mucha pena de que nuestro País no está tan bendecido como muchos clamaron días después de aquel 20 de septiembre.

 

La economía del desastre pos María, todavía está en pleno despegue.  El gobierno colonial piensa que si ellos están bien, el resto debe estar igual.  Por eso hay tanto cinismo en el discurso e impunidad en los políticos actuales.

Como respuesta, hay apatía en el Pueblo y no es para menos. Los golpes que recibimos a diario no nos permiten recuperar debidamente.  Muchos(as) se quedan en el camino, rendidos(as), desesperanzados/as; otros(as) se van a echar suerte en el exilio y otros(as) luchan por no morir.  El cansancio es inevitable.

El despojo de los derechos más básicos para una vida digna, se acordaron en la mesa del gobernador servil, la Asamblea Legislativa y la Junta de Control Fiscal.  Según se dio a conocer esta semana, nos echaron a la merced de un despido en cualquier momento y sin protección alguna bajo la derogación de la Ley 80-1976.  Vaya negociación.

La intención de la eliminación de la Ley 80 es anunciar a las mega corporaciones que andan frenéticas en la carrera globalizada, que en Puerto Rico estamos a la merced de ellos, ávidos para trabajar sin que el patrono tenga que pagar una mesada si le da por botarnos un día cualquiera.

La clase trabajadora del país ha quedado desprendida de una protección legal y tendría que asumir los gastos en un tribunal –por el tiempo que eso le tome- si quiere demostrar que fue despedido(a) injustificadamente.  La desigualdad es terrible.

El empleo a voluntad o “employment at will” supone que el patrono -no el(la) empleado(a)- puede cambiar las condiciones laborales y de salario en cualquier momento.  Por tanto, el viejo contrato económico y psicológico queda bajo constante amenaza. Cualquier cambio realizado unilateralmente se da sin un foro en que el(la) empleado(a) pueda defenderse de dicha “negociación” desigual.  A muchos patronos se les ha olvidado que el trabajo dignifica la existencia humana y permite el acceso a los demás derechos humanos.

Por otro lado, no podemos ignorar que la colonialidad y la inmovilización normalizada han producido una masa de gente con muy pocas posibilidades de acción.  A lo largo de la historia enseñada en el país, muchos(as) puertorriqueños(as) ilustres han sido sepultados(as) en las tumbas del olvido para mantener nuestra fijación en las corrientes ideológicas del Norte.

Son muy pocos los cuestionamientos que hacemos ante los modelos capitalistas impuestos.  Se ignoran a las voces que luchan por despertar a esta sociedad anestesiada en el consumo.  Lo más difícil de digerir es ver como muchos(as), desde “la vitrina rota”, critican las respuestas populares de los países en lucha. Los medios corporativos, como es de esperarse, se hacen eco de la opresión, demonizando cualquier respuesta de un pueblo que se ha cansado de tantos moretones.

La desaparición del hematoma psicológico de la colonialidad puertorriqueña se supera con la transformación de la educación en función de reconocer que el sistema capitalista-colonial nos oprime, conocer nuestros derechos humanos y económicos, y nuestros deberes y responsabilidades para con el país.

Una educación en donde la condición colonial se presente como estrategia imperialista extranjera en contra de nuestro bienestar.  Muy difícil puede darse dentro del marco de la deforma educativa recién aprobada, mucho menos bajo el sistema chárter.

Regresando al mercado laboral, la situación no es muy distinta.  El sistema capitalista es hábil en presentarnos “un proyecto de felicidad” con salarios, beneficios, puestos importantes, sin la necesidad de un sindicato o convenio colectivo.  Pese a que muchos derechos y beneficios se han ido flexibilizando desde la década del ‘90, el despido injustificado se posiciona hoy, como la joya de una corona que siempre nos vio como mercancía desechable.

El diseño que impone el gobierno servil y su Junta es un mercado laboral inseguro para todos los sectores. Por menos que eso, en muchos países industrializados, las calles se llenan de gente y logran revertir el golpe, salvándose de un moretón más. ¿Aquí?…

Me pueden escribir a: puntocpr@gmail.com Le invito a que me siga en @puntocpr en Facebook y Twitter. El autor Ángel R. Comas Nazario estudió Psicología Industrial/Organizacional (PhD), Asuntos Públicos (MPA) y Humanidades (BA).