Perderse también es camino

Andábamos sin rumbo en el segundo día de nuestras vacaciones por Colombia, con parada inicial en Bogotá y Medellín como último destino. Antes de ingresar a los museos y para sacudirnos la rareza de estar, al fin y al cabo, fuera de nuestra propia cotidianidad, salimos a caminar. Pablo, mi compañero, memorizó el mapa; yo dejé mi cartera, y andamos sin nada más que nuestros abrigos y la llave del hotel.

En la calle 11 de Bogotá nos topamos con La Pajarera, un centro comercial que escapa las convenciones modernas. Tiendas pequeñas y vendedores ambulantes arropan física y sonoramente la zona, y la misma ocupación se repite por toda la ciudad. Infinitamente se escucha un carnaval de voces pregrabadas o en vivo que te presentan una compra inmejorable, necesaria: “Compre el rico aguacate, mantequilla del árbol”, “Llévese el paquete de pañitos muy barato”, ‘Tinto, maicena, aromática”, “A la orden, a la orden, a la orden”. Para comprar un mangó, un set de bolígrafos o tomarse un jugo de guanábana solo hay que detener el cuerpo en una ciudad con más de ocho millones de habitantes, y luego, tras unos segundos de transacción, seguir andando entre las voces que te ofrecen algo más.

La Pajarera y áreas aledañas no son una zona turística. No es un lugar sobre el cual entablar conversación con los taxistas que, quizás, esperan que les hables de tu visita al Museo del Oro. Para el turista, “no hay nada que ver” en estas calles. Con la excepción de un mural de Gabriel García Márquez, nuevo rostro del billete de 50 mil pesos colombiano, no se encuentra nada de lo que un turista cazador de clichés buscaría. No hay más que lo cotidiano que, como lo retrató el propio García Márquez en sus libros, puede ser realmente maravilloso.

Pocas fotos tengo del recorrido y, a diferencia de Pablo, ya he olvidado la nomenclatura de las calles que, en mi mente, se enredan sin que yo no sepa cuál es cuál. Nos movíamos de una a otra sin más ritmo que el propio o, todo sea dicho, escapando de la imprudencia de las vendedoras y su “dígame, que está buscando”, seguido por una leve molestia cuando respondíamos que solo mirábamos. Así llegamos hasta una zona de librerías en donde encontramos a Carlos, un librero, que nos invitó a pasar y a mirar sin prisas. Él conversaba con un cliente asiduo, un hombre ya mayor que revisaba un libro sentado en una de las pocas sillas del espacio. “¿Tendrás más ejemplares disponibles luego?”, le preguntó al librero. No podía comprar el ejemplar en ese momento y tenía temor de que se agotaran. “Lléveselo, léalo y me lo devuelve”, le dijo Carlos. El cliente era un ensayista. Después de la oferta, siguieron hablando sobre el título del próximo libro del cliente y, sintiéndome en mi salsa, le dije que era un título atractivo. “¿De dónde eres?, me preguntó. “De Puerto Rico”, dije. “Se te nota”.

Empezamos a conversar, y allí nos descubrió la noche.

Pablo me relevó en la conversación y así bajé hasta las estanterías más profundas del local, que estaba montado sobre una marquesina con escaleras. Entonces, de los libros a los árboles y las frutas, a la condición de isla versus la condición de tener selva, y el cliente se fue y Carlos nos convidó un tinto (café negro), y hablamos de los procesos de paz.

De esa tarde me queda más bien el recuerdo de lo liviano que se siente el cuerpo cuando anda sin rumbo, sin horarios, sin maletas. Eso y el poemario de Carlos, quien, además de librero, era poeta.

Esa será una de mis lecturas del verano. ¿La lección del recorrido? La de siempre: “Perderse también es camino”.

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