¡Que vivan los niños! ¡Que viva la ingenuidad!

Por  Gil Rosario Ramos – Maed.

El Divino Maestro lo dijo:  “Dejad que los niños vengan a mi porque de los que son como ellos es el reino de los cielos”.  Hoy ese mismo Jesús nos sigue repitiendo lo mismo porque su palabra es eterna, siempre actual y siempre nueva.  Hoy, como ayer, nos invita a ser como niños para merecer la vida eterna.

Y, ¿cómo son los niños?  Francis Thompson nos trae una respuesta a tan importante pregunta al decirnos lo siguiente:  “¿Sabes qué significa ser niño?  Significa creer en el amor, en la hermosura, en las creencias; significa ser tan pequeño que los duendes pueden acercarse a cuchichear a tu oído, significa trasformar las calabazas en carruajes, los ratones en corceles, lo ruin en sublime, la nada en todo, pues cada niño lleva en el alma su propia hada madrina”.

Los niños que están siendo criados en un mundo de amor, alegría y disciplina, son más ingenuos que aquellos de hogares en los que la amargura es su pan diario. Ellos serán los mismos que al asumir como adultos la trayectoria de nuestra sociedad, serán más fáciles de tratar, más respetuosos, más alegres, más empáticos y más optimistas.  Por lo tanto, son más propensos a verle el lado gracioso o positivo de la expereincia de vivir.

Hace un tiempo compartía con un grupo de adultos de edad avanzada.  Al contemplarlos me podía atrever a adivinar como fue su niñez o como en un momento de sus vidas descubrieron el niño oculto que hay en ellos con la capacidad de olvidar con facilidad las ofensas.  El niño que ahora llora y al poquito rato está riendo a carcajadas, capacidad que tendemos a perder cuando nos hacemos demasiado adultos.  Convertise en demasiado grandes es comenzar a tomar demasiado en serio la vida.  Entonces dejamos de sorprendernos con lo pequeño y nos lanzamos a la conquista de lo grandioso.

Por eso nos hacemos viejos no cuando nuestro cuerpo se “arruga”, nos hacemos viejos cuando la alegría pura de un niño la dejamos partir.

Nos hacemos viejos, si cuando la malicia perversa ocupa nuestros pensamientos y acciones; cuando pasamos de largo ante un árbol y no nos maravillamos o dejamos de gustar un buen chiste o una broma.

Somos ya viejos cuando dejamos de hacernos preguntas, de buscar respuestas o aprender cosas nuevas.  Entramos en los años de la tercera y cuarta edad cuando damos esperando algo a cambio.  Empezamos a morir por adelantado cuando oprimimos al pequeño niño que hay en cada uno al enclaustrar el poder de la imaginación bajo los barrotes del “intelectualismo racional”.

Seamos niños porque San Marcos nos cita las palabras de Jesús:  “En verdad os digo que el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”.  ¿Cómo son los niños?  Son auténticos, sin caretas, no engañan y muy pocas veces tienen las pretensiones de los “grandes señores” y las “damas sobrecargadas”.

El autor es presidente de Comdex.  Para seminarios y conferencias  787-837-8574.

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