Separados por las rejas y unidos por el amor de padre e hijo

Por Eduardo L. Questell Rodríguez

Fotos y video: Tony Zayas

redaccion@esnoticiapr.com

 

PONCE – El Día de los Padres pasará sin pena ni gloria para algunos, para otros será un día muy especial. Para los que visitan las cárceles o los que están allí adentro poco o nada se habla, esos son invisibles.

Juan Antonio Rojas Velazco, de 69 años, está ingresado en el complejo correccional Las Cucharas.

Sin embargo, para Juan Antonio Rojas Velazco, un hombre cercano a los 69 años será otro más de los tantos que pensará en como estarán sus hijos y en un rincón de su celda como pueda, llorará en silencio, ahogado por los pecados que lo persiguen, pero sobre todo arrepentido de ellos, porque le arrebataron la libertad de disfrutar de su familia en esas celebraciones.

Juan Gabriel Rojas Ferrer de 23 años, mejor conocido como Gaby, era un joven que a pesar de haber tenido una niñez bien dura, estudiaba en la Caribbean University, trabajaba de cocinero en el famoso restaurante de Río Piedras, el Hipopótamo y tenía un carro del año. Estaba muy enamorado de una bella chica y hasta apartamento había alquilado.

No obstante, el día menos pensado tomó una decisión equivocada que lo condujo nuevamente a ser privado de su libertad, perdiéndolo todo en un abrir y cerrar de ojos.

Juan y Gaby son padre e hijo, ambos están encarcelados en instituciones de máxima seguridad del sistema de Corrección. El padre en el llamado ‘Monstruo verde’, en Ponce, el hijo en ‘Guayama 1,000’.

El primero en llegar a la biblioteca fue Gaby, trasladado desde Guayama, quien aprovechó para confesar que “esto es una novela brutal, Chacho, él viene para acá, pero esta historia de él es bien fuerte, es un novelón”. El joven cumple una sentencia de 17 años en prisión por robo y ley de armas.

 

El asesinato de su hermana lo marcó

Juan Gabriel Rojas Ferrer, de 23 años, está en la institución Guayama 1,000.

“Esto yo no lo diría delante de mi papá”, adelantó Gaby. “Cuando él conoció a mi mamá, ya ella tenía hijos, entre ellos mi hermana mayor, luego tuvo dos (hijos) con ella, que somos yo y mi hermano menor”, mencionó.

Explicó que tenía unos 9 o 10 años cuando su papá embarazó a su hermana mayor (hija del primer matrimonio de su mamá). Papá e hijastra se van a vivir solos. “Al tiempo tienen problemas y mi hermana, que ya había parido a mi hermana y sobrina a la vez, se va a vivir aparte”, narró Gaby.

“En eso mi hermana empieza a conocer y compartir con otros hombres y cuando mi papá se enteró, en un arranque de celos, la mató”, lamentó. “A esa edad, que yo era un nene, yo no sabía si lo odiaba o lo quería, fue una desilusión tan grande. Ahora de adulto veo las cosas de otra manera y después de todo ese es mi papá. Pero la verdad es que ahí empezaron todos mis males, probé marihuana a los 12 (años) cuando me criaba en Vega Baja, y seguí con otras drogas, y entré al mundo del crimen. En aquel momento yo no sabía porque lo hacía, pero definitivamente ese hecho me marcó y él está consiente por lo que me escribe en las cartas”, dijo en la ansiedad de que en minutos se vería entrar a su padre a la biblioteca de la cárcel, donde se dio el encuentro.

Hacía casi un año que padre e hijo no se veían, desde la primera vez que se vieron como confinados, en la hora que le dan para compartir. Antes de eso habían transcurrido algunos 3 o 4 años, según la memoria de ambos.

El ruido de las cadenas que amarraban los pies de su padre se escucharon en aquel recinto. Lo primero fue la sonrisa, la bendición y el abrazo de Gaby hacia su padre. Luego consumieron par de minutos poniéndose al día. Juan, santurcino de nacimiento, extingue una sentencia de 129 años de cárcel por un caso de crimen pasional que fue llevado por la actual Secretaria de Justicia, Wanda Vázquez. De esos ya ha cumplido 12, dedicando 11 años de ellos al trabajo de mantenimiento en la institución.

“Trabajé en varias agencias, en aquel tiempo era por contrato, atendí deambulantes, trabajé en la defensa civil y luego en recreación y deportes, que es lo mío, siempre he sido deportista. Este proceso ha sido fuerte porque te marca para siempre, la vida no se recupera. Yo sabía que me merecía la sentencia, uno tiene que aceptar que hizo algo y tiene que pagar por lo que hizo sea como sea. Aquí cada 6 meses te evalúan, los trabajadores sociales y te dan la fecha de salida. Cuando yo veo eso, me trae unos recuerdos fuertes. Yo estoy arrepentido de lo que hice, todo el tiempo, todos los días le pido a Dios que me ayude”, narró Román Velazco.

“En el momento que me entero que a mi hijo Gaby estaba preso me devasté, él era mi apoyo, ese nene siempre estaba conmigo, fue el más que lloró. El más apegado a mí era él, siempre ha estado pendiente a mí a pesar de que está aquí, me escribe y me visitaba cuando estaba afuera. Yo creo que lo que yo hice influyó en la vida que él ha seguido, porque no está la presencia mía y él siempre me respetó. Yo no podía creer eso, lo vi por la televisión y me dolió mucho, esa fue una prueba aún más dura, llegué a pensar hasta en suicidarme, me sentía culpable”, admitió.

 

Se repite el ciclo

Padre e hijo se ven una o dos veces al año. Confesaron que accedieron a la entrevista para volver a verse.

“Cuando yo era más pequeño, mi mamá no me pudo criar y me entregó a mi papá y viví con ese dolor que todavía lo tengo. No me pude criar con mi madre, no tuve el apoyo de una madre, de una mujer. A los cinco años de ella haber muerto me lo dijeron, ahí me dolió más. Ni en las actividades o las graduaciones tuve a mi vieja. Yo tenía a mi madrastra, pero uno no siente lo mismo por alguien que no es su familia. Mi papá está vivo todavía, tiene 90 años y nos comunicamos por teléfono”, relató entre lágrimas y con voz entrecortada el padre.

“Eso ha sido lo peor que me ha pasado en toda mi vida, yo habría preferido hacer otras cosas y no haber hecho una cosa así. A mí los casos de hombres que matan a sus esposas me estremecen (continuó llorando). Yo tenía el arma mía y me disparé, pero se habían acabado las balas, pero yo me iba a matar ahí también. Me volví loco, me monté en mi guagua y vine a parar a Ponce a casa de un amigo mío que es pastor, yo no sé cómo estoy vivo. A veces yo digo que Dios me mantiene vivo, porque yo no quisiera vivir más, ellos, el personal me hace sentir que vale la pena vivir y por mis hijos. Ya yo no sé qué aconsejarle porque estamos los dos aquí”, confesó sollozando.

Gaby está en un curso vocacional de oficinista general que está a punto de terminar y dijo haber accedido a la entrevista para poder ver a su papá y saber cómo estaba. Al concluir se levantaron, se abrazaron, Gaby le pidió la bendición y su papá lo contempló y le dijo: “wow, estás más alto que yo”.