Tata

Decirme titi Anuchka era demasiado complicado, así que mis sobrinos me llaman Tata. No es un apodo original. La verdad es que, en general, todos los niños balbucean un ta-ta o ma-ma en sus primeros intentos de decir algo. Y no es que estén enunciando la primera palabrita o que, por ejemplo, reconozcan a su mamá como tal. Sencillamente, son las sílabas más fáciles de pronunciar. Somos los adultos quienes le damos significado al sonido. De esta forma casi todos los idiomas tienen una palabra afectuosa que se ha derivado del ta-ta: los pueblos aimaras, los turcos, los árabes, los vascos, incluso los ingleses que traducen el da-da en dad. Así también me bautizaron Tata los chiquillos de casa. De todos, este es mi título favorito.

Bien es sabido que un apodo puede entrañar muchos orígenes: un atributo físico o una anécdota de la infancia. También están los hipocorísticos, que son las formas cariñosas en que se acorta o se altera el nombre propio, particularmente por familiares o allegados. El uso de ambas formas indica, en la mayoría de los casos, una relación de confianza, de cercanía. Si uno tiene un apodo, sabe que el nombre propio se reserva para circunstancias formales, gana matices de rigor y seriedad, incluso pasa a ser la forma de uso a la hora de recibir una amonestación.

Entonces, ¿por qué llamamos a los políticos por sus apodos o hipocorísticos? Me cuesta entender el porqué cuando se trata de discutir algún tema relacionado a la senadora del Partido Nuevo Progresista, María Milagros Charbonier, la llamamos Tata como si fuera una tía o hermana mayor que viene a poner la casa en orden. Asumimos su apodo como ella asume el rol de quien “viene a poner en cintura”, quebrantando la separación de iglesia y estado, los avances a favor de la equidad, el desarrollo de la industria del cannabis medicinal y la digna representación de la comunidad cristiana en la política.

El uso del apodo, como ella misma nos lo ha propuesto, sirve como una estrategia discursiva para vendernos la idea del “político que es como familia”, y ya saben que “familia es familia”. Así, al llamarse “Tata”, o “Ricky” en el caso del gobernador –o Narmito, Tatito, el Chuchin–, estos políticos persiguen el recurso discursivo de la atenuación: ella como la tía que te dice “lo hago todo por tu bien” y él como el eterno muchacho buena gente “que se merece un chance por sus buenas intenciones”.

Honorables son los puestos, informales los apodos: vamos a ponernos serios y a llamarlos por sus nombres, que ellos no son familia, a ellos sí pudimos escogerlos.