Un look diferente

A España llegué con dos maletas enormes repletas de ropa. En un bulto de mano llevaba las chucherías de siempre: las fotos de mis sobrinos y mis amigos, las plaquitas de mami con mensajes motivadores y libretas de apuntes. En las maletas cargaba lo que me resulta indispensable: botas, abrigos, bufandas y sombreros. Ropa y más ropa. Tenía metido entre ceja y ceja que no debía comportarme como una turista, sino que debía hacer todo lo posible por integrarme como una local desde el inicio.

Mi primer viaje a España, tres años antes, me había servido de lección. Warner, el amigo al que visitaba, me había advertido del frío y la lluvia de Santiago de Compostela. “Trae zapatos cerrados”, me advirtió. Necia y terca, llegué en unas zapatillas que se empaparon tan pronto salí del aeropuerto y me recibió la primera llovizna. Lo mismo hice meses después en Nueva York para despedir el año… Esta vez debía ser diferente, porque no iba de turista: me mudaba de país. Y mudarse, si uno se pone filosófico (y ya saben que me resulta inevitable), implica un cambio absoluto: se muda uno de lugar, de idioma, de casa, de latitud y de ritmo, de horario y de costumbres. También llamamos muda a los cambios de ropa o vestuario; así que para zanjar bien el cambio, me llevé muchas pero que muchas mudas de ropa.

Tiempo después, cuando leí los ensayos del sociólogo Pierre Bourdieu, comprendí que mi afán de llevar mucha ropa se debía a lo que él llama el habitus. ¿Qué es el habitus? Bourdieu dice que es la manera en que la sociedad se adentra en los individuos mediante el establecimiento de unas estructuras que dan forma a nuestros pensamientos, sensaciones y acciones. Tanto la ropa como la moda son productos culturales que, a través del habitus, ayudan a crear la identidad de una persona. Con lo cual, para pensar, sentirme y actuar como una chica diferente en un nuevo país, tenía que vestirme como en ese nuevo país.

Pero mi cuerpo tardó en acostumbrarse al ritmo de las botas y, literalmente, tenía que calcular tiempo extra para llegar de un sitio a otro con las piernas metidas en dos zancos de hule. Cuando caminaba enredada en capas de ropa durante los meses más fríos me sentía extraña; yo no era de ahí. Nunca he seguido la moda y, tengo a mis amigos como testigos, suelo descubrir las tendencias muy tarde; casi siempre cuando llegan a las secciones de rebajas. Sin embargo, allí estaba yo, en un país diferente, fijándome en cómo las mujeres llevaban el paraguas, cómo combinaban las medias y qué material de abrigo usaban para cada día. Era mi forma de integrarme. Parecería superficial pero no lo era. Piensen: ¿cómo empiezan a sospechar que alguien “no es” o “no parece” de aquí? ¿No es acaso la intuición o comprobación de que tiene un look diferente?

¿Frívola? Sí, la industria de la moda puede serlo. Pero es, sin lugar a dudas, un producto cultural, una forma de crear identidad. Tanto así que un cuerpo a medio vestir pidiendo limosna en la calle nos comunica una situación social… Curioso que, de otro lado, un cuerpo bien vestido lo que busque sea ocultar ciertos hechos, como el vacío de una nevera o un hoyo con dinero robado.

La ropa comunica, pero ni alimenta ni sirve para hacer café. Una semana estuve en Santiago intentando descubrir cómo llegar a una tienda para comprar lo indispensable: tazas, platos, cubiertos, vasos, ollas. Al final, Dolores, una mujer que trabajaba en la residencia de la universidad, me llevó una caja llena de utensilios de su casa y me los prestó durante un año. Estaba tan emocionada que hasta fotos me saqué. Mami lloraba y desde Ponce le enviaba bendiciones a Dolores. Sus tazas amarillentas y sus cazuelas algo quemadas me salvaron la vida en esos primeros días de mudanza, días en los que uno confirma qué es lo indispensable, días en los que uno descubre que la adultez consiste en tener una cafetera propia y en aprender que un solo abrigo es suficiente para viajar el mundo.

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