Volver es un abrazo

Regresar a Puerto Rico es como un abrazo, me dice un estudiante. En el primer día del curso de Literatura me contó que estaba retomando los estudios de bachillerato después de una pausa. Vuelve a la Isla tras trabajar como ‘housekeeper’ varios años en Orlando. No le pregunté por qué regreso, sino cómo se sintió. Regresar no merece una explicación.

Esto lo sé porque también he vivido la vuelta. Siempre dije que nunca me iría de Puerto Rico. Desde que tengo uso de razón he crecido muy apegada a la Isla. A pesar de estar demasiado consciente de que las nociones de patria siempre son imaginarios socialmente construidos, nunca pude exorcisar la tristeza de estar lejos. No he sido la emigrante común, pues, como muchos, he partido con becas de estudio que garantizan una comodidad desconocida por el emigrante tradicional. Es decir, estar afuera para mí ha sido hasta cierto punto una decisión, también oportunidad y beneficio. Sin embargo, esto no me ha salvado de la desazón que deja estar lejos.

Muchas pérdidas se tejen en el abismo de un océano que se interpone entre la casa y sus facsímiles en el extranjero. Nada me ha pesado más que estar ausente de tantos momentos importantes: las operaciones de mami, los cumpleaños de papi, las muertes familiares. Lo peor de haber vivido afuera: la recurrente sensación de que nadie notaría mi ausencia si hubiese muerto en la soledad de un pueblo desabrido en Indiana.

Irse de la Isla es desgarrador; volver es más que complicado. ¿Volver a qué? ¿Volver para qué? Regresé sin trabajo a la casa de mis padres. Busqué a los amigos de siempre. Más de la mitad también se había ido. Algunos de los que permanecen ahora planifican su salida. Otros nunca se han ido.

Alguna vez todos han escuchado la sentencia de alguien que dice que “la gente como nosotros” debe irse a buscar futuro. ¡Desenfrenos del hastío y la colonialidad sin duda! La “gente como nosotros” debe estar donde quiera estar. Si algo nos ha dado la inestabilidad generacional es justamente la licencia de buscar la plenitud en el espacio correspondiente. Y si volver da esa plenitud: volvemos.

¿Volver a qué? A los cuerpos que conocidos o no esperan sin saberlo por un abrazo de solidaridad, justicia, servicio, bondad.

Sí, volver es un abrazo, David. Un abrazo que se recibe y se devuelve. Ni la profesora de Literatura lo podía decir mejor.