9 días sin luz y la paciencia

Hace 9 días que no tengo luz en casa. Al tercer día, la oscuridad comenzó a incomodar un poco, sin embargo, parecía manejable porque “todos estábamos en las mismas”. Pero según han ido avanzando los días sin servicio de energía eléctrica lo simple se ha tornado ridículamente complejo. Parecería que toca asumir con paciencia las maniobras que toca hacer para seguir viviendo sin luz porque “aquí no pasó nada” o porque en otros lugares los efectos han sido devastadores. Y sí, creo que muchos somos afortunados. Y sí, creo absolutamente que tenemos que aprender a distinguir entre el lujo y la necesidad. Sin embargo, en el día 9 de la oscuridad me apodero de todo el derecho que tengo de quejarme: es suficiente.

Decir que somos afortunados y desbordarnos en solidaridad con nuestras comunidades más afectadas no borra la realidad de cientos de puertorriqueños, entre ellos envejecientes y personas con necesidades especiales, que no tienen servicio de energía eléctrica en diferentes partes de la Isla, principalmente San Juan. Al pedir paciencia mientras se ventila un porcentaje impreciso del número de abonados con luz –que no contempla el número de integrantes de cada hogar– pareciera obviarse que con la falta de energía también viene, por ejemplo, una falta de acceso a la alimentación y un desgaste físico que nada tiene que ver con changuería.

¡Ni hablar de los problemas con el presupuesto del hogar para enfrentar el no tener luz! En casa, por ejemplo, nos preparamos para 3 días sin servicio y teníamos los alimentos enlatados, el gas y el hielo suficiente. Pero hoy, insisto, es el día 9, y nuestro presupuesto –el de dos jóvenes profesionales– ya comienza a ponerse en números rojos. Porque no tenemos luz, pero toca igualmente pagar la luz del mes pasado y también el agua y el alquiler y a los acreedores. Es difícil aceptar esta “circunstancia excepcional” cuando a nivel social todo sigue su curso y nosotros, con luz o no, tenemos que seguir con él.

Me quejo porque no podría sentir el dolor ajeno sin sentir antes el mío y porque mi circunstancia es la de muchas otras personas que no tienen ni mi movilidad ni mi red de apoyo familiar y comunitario.

Me quejo porque, simplemente, ya es suficiente y porque si bien agradezco la labor de los trabajadores de la Autoridad de Energía Eléctrica no puedo ignorar que su administración es cuestionable, muy cuestionable.

Y me quejo porque no puede reducirse lo inaceptable al discurso simplista de “pudo haber sido peor”. Mi queja no cancela mi solidaridad con quienes han enfrentado otras pérdidas que son, no lo olvidemos, las mismas comunidades que, con o sin huracán, enfrentan sistemáticamente el olvido y la marginalización del Estado.

Ningún atropello del Estado merece paciencia.