Huracán María golpeó la pobreza de Cimarrona

El huracán María redujo a escombros 27 de las 300 viviendas que forman la comunidad Cimarrona, en Guayama. Foto: Tony Zayas

Por Sandra Caquías Cruz

redaccion@esnoticiapr.com

 

GUAYAMA – El cimarrón o cimarrona era un esclavo que se refugiaba en los montes buscando la libertad. Allí vivía en extrema carencia, con lo poco que encontraba. Una realidad que, en gran medida, se vive en Cimarrona, una comunidad guayanesa donde la pobreza quedó al descubierto tras el paso del huracán María.

Unas 27 casas de madera y zinc colapsaron. Foto: Tony Zayas

“No hay dinero ni pa’ clavos. Usamos clavos viejos”, aseguró Juan Carlos Tirado Ortiz sobre los materiales que recicla para volver a levantar su vivienda, una de las 32 casas de Cimarrona que el huracán María dejó sin techo.

“Lo perdí todo, y es una pena porque las cosas que uno tiene, que uno le pone un parchito para poder seguir usándolas, las pierdes”, expresó el hombre descamisado.

Cimarrona vive en penumbras. Unas 27 casas de madera y zinc dejaron de existir el miércoles 20 de septiembre. Los vientos del huracán María las convirtió en escombros. Otras 32, incluyendo la de Tirado Ortiz, perdieron su techo, según un censo que hizo el programa Acción Social.

Un toldo frágil que el hombre usaba para cubrir carbón –Tirado Ortiz se ganaba la vida haciendo carbón- ahora es su techo, pero el toldo está roto y solo cubre parte de lo que fue la sala y un cuarto.

El mobiliario de la casa se mojó. Los matress los cubre con plástico para poder dormir sobre ellos porque se mojaron. “Le sale peste”, afirmó.

En Cimarrona hay 300 viviendas. (Foto Tony Zay

El cielo es el techo de lo que una vez fue la cocina, el pasillo, el baño y los dormitorios de esta familia. La vivienda tenía agua empozada en el piso del pasillo. Colocaron tablas en el suelo para no mojarse los zapatos.

“Tuve que buscar un cemento viejo que tenía y echarlo ahí (división que improvisó entre la parte que cubre con toldo y la que no) para que esa agua (de lluvia) no entre pa’ acá (sala)”, mostró.

“Ya lo que uno quiere es seguir viviendo, más na’, porque sabemos que ya no vamos a ser ricos”, dijo Tirado Ortiz, mientras su esposa, Ana Luisa Rosado, lo contemplaba desde otro extremo del patio. “Esto es lo que nos toca por un buen tiempo”, dijo mirando el toldo que tiene por techo.

La comunidad Cimarrona tiene unas 300 casas. El huracán María desnudó la pobreza en Cimarrona, una comunidad de parcelas en las que la gente levantó sus casas.

Cimarrona fue un cañaveral de la Finca Aguirre, señaló Isis Morales Ramos, técnica de comunidad del programa de Desarrollo Comunitario de Acción Social. Muchas viviendas de esa comunidad las han reconstruido en cemento. María apenas dejó en pie las de madera.

Bernardina Reyes, residente de Cimarrona. (Foto Tony Zayas)

 

Morales Ramos, una sobreviviente de cáncer, llevó a Es Noticia a la calle José Muñoz, en el corazón de la comunidad. Dos de las casas de esa calle quedaron escombros. En cada una de esas viviendas vivían personas mayores de 80 años.

Explicó que la primera casa que perdió el techo no tardó en convertirse en escombros. Las paredes de madera colapsaron. Minutos después, colapsó la casa del lado. Otras dos estructuras que le seguían perdieron su techo, pero se mantuvieron en pie.

En el sector La Cangana la situación se repitió. Sebastián Torres Cartagena y Virgermina Figueroa vieron como las viviendas de sus dos hijos, ambas en la misma parcela que la de ellos, perdieron sus techos y con ellos las pertenencias.

Sebastián Torres perdió el techo de su vivienda. Foto Tony Zayas

 

Virgermina aseguró que se tiene que acostar sin comer. “No tenemos dinero efectivo para comprar”, interrumpió don Sebastián, de 62 años y quien destacó que el dinero del PAN no lo pueden usar porque los supermercados de Guayama no aceptaban ATH por falta de energía y tenían que viajar hasta Juana Díaz en un carro que tenía problemas mecánicos.

La depresión va calando en los menos afortunados de Cimarrona, aseguró Morales Ramos, quien describió ese vecindario como “una comunidad en desventaja económica”. Explicó que a diario reparten unas 200 comidas calientes a las personas de mayor edad que no tiene alimentos ni energía eléctrica para prepararlos.

“Con lo poco a poco que uno se ha hecho de las cosas y perderlas así de momento… no es fácil. Es bien duro. Cuando dinerito que uno coge para comprar y hacer la casa y se pierde de la noche a la mañana”, dijo Sebastián Torres Figueroa, de 43 años y quien lamentó que su hermana perdiera el techo de su casa. “Esto es un desastre”, describió.