Miedo

Salgo de casa de mi hermana a las 9:07 a.m. Enciendo el pedómetro antes de arrancar por la primera cuesta: la meta es caminar más de 3 mil pasos. No tengo clara la ruta porque nunca antes he salido a caminar en Carolina del Sur. Mi hermana vive aquí desde hace algunos años, pero siempre que la visito andamos en carro.

Inicio mi carrera bajo un sol todavía inofensivo. Al llegar al primer cruce opto por doblar a la izquierda. Diviso de inmediato una hilera de casas enormes con amigables balcones, jardines de azaleas, árboles, buzones patrióticos. Nadie está en la calle, ni coches ni gente. Tampoco hay interrupciones en la acera, ni rotos ni raíces. Es la calle perfecta para caminar, libre de amenazas aparentes.

A las 9:27 a.m. miro el reloj: 1,750 pasos. Las casas y su esplendor se multiplican urbanización abajo. Frente algunas los autos de sus dueños bloquean el paso peatonal. Lo más fácil sería pisar la grama mientras bordeo el vehículo, pero no me atrevo. Pienso en los riesgos de enfurecer a alguno de los vecinos al traspasar su propiedad. Imagino que alguien pueda encontrar extranjero el tono de mi piel o que parezca sospechosa por estar haciendo ejercicios con una camiseta con letras en español. ¿Qué tal si alguien disparara? No es descabellado pensarlo: 55 millones de americanos son dueños de armas de fuego. Según una encuesta de 2016, el perfil de gun-owners en los Estados Unidos es el del hombre blanco y conservador que tiende a vivir en zonas rurales.

Me acerco a otra esquina: un señor baja una caja de herramientas de su carro. Me apresuro a cruzar frente a su casa sin decir nada. ¿Qué tal si mi acento le enfureciera? Y entonces siento rabia conmigo misma: ¿por qué tengo miedo? Ni la patrulla del Sheriff estacionada en una de las casas me hace desistir de sentirme vulnerable.

A las 9:40 a.m. termino y vuelvo de prisa a casa de mi hermana. En la tarde quedo para ir a cenar con una amiga que vive cerca. Mi hermana me ofrece su auto, sin embargo, no quiero manejar aquí. No quiero hacer nada que me haga vulnerable. Y me da rabia conmigo misma.

Después de la cena mi amiga me trae de vuelta. Desde su auto miro las calles que recorrí en la mañana y le cuento lo que he pensado, casi entre risas, autoridiculizándome. Me cuenta brevemente que hace unas semanas evitó llamar a su mamá porque no quería hablar español e iniciar un posible enfrentamiento con alguna persona que no comprenda.

Quien teme es quien ignora. Y a lo que temo es realmente al miedo ajeno de quien me desconoce a mí o a mi cultura. Y lo temo porque históricamente en este gran país el miedo se traduce en violencia.

Llevo toda la tarde pensando en lo mismo. Sé que el antídoto a este miedo es el conocimiento, pero también lo es la resistencia. Ceder el espacio público es validar el poder de quien ignora; constreñir la libertad también es violencia. Mañana saldré a caminar de nuevo.