Peñuelas y el Club de los Lejanos

 

En el Colegio en donde estudiaba asistían muchos niños que vivían en Peñuelas, Guayanilla y Juana Díaz. Viajaban todas las mañanas para estudiar en el centro de Ponce, en donde trabajaban sus padres o donde tenían quién los cuidara a la salida. Si vivían “tan lejos” era porque, en muchos casos, tenían casa en una de las urbanizaciones desarrolladas en estas zonas durante los 90.

Estos chicos eran pájaros exóticos en el salón de clases, que competían entre sí para ver quién madrugaba más. En mi salón estaban las primas Ariana e Ivanska, de Peñuelas. Para llegar a su casa había que atravesar un puente de metal que vino de repuesto cuando el huracán George se llevó el original. ¡Me parecía insólito vivir después de un puente! También estaban Waleska y Raymond, de Guayanilla. Si Peñuelas me parecía lejos, que alguien viviera en la próxima salida de la Carr. #2 me parecía insoportable. Ese pueblo, al que iba cuando mi familia quería comer empanadillas de mariscos, me parecía que estaba en las sínsoras. En cuarto grado llegó Tiody, que era de Juana Díaz. Y de ahí sí que yo no sabía nada.

Nacer y crecer en una ciudad con infladas pretensiones de ser el centro de una Isla que, en sí misma, multiplica las pretensiones de ser el centro del mundo, me dio en mi infancia un regionalismo ridículo y una falsa noción de distancias. Lo lejos era todo lo que escapada al núcleo ponceño, y eso a veces incluía sectores ponceños en la montaña. Lo cerca era todo lo que estuviera a no más de 10 minutos de Plaza del Caribe, aunque era siempre mejor viajar hasta Plaza Las Américas en San Juan: el centro-centro de todo. Pero si no eran San Juan, en verdad, todos los pueblos eran “un barrio de Ponce”.

Así lo aprendí del maestro de religión del Colegio, que retaba al Club de los Lejanos a probar las virtudes de su pueblo. Algunos, como Raymond, no claudicaban en su defensa: Guayanilla era un pueblo valioso. No tan valioso como Ponce decía el maestro, que reservaba para el final lo que creíamos era el tapabocas máximo: “Pero nacieron en Ponce, porque ustedes no tienen hospitales”. Y así los ponceños nos alzábamos en aplausos y gritos victoriosos. Éramos mejores que quienes vivían en aquellos pueblos donde nada pasaba. Vaya lección.

Con los años, el desarrollo urbano en estos pueblos aumentó significativamente. Tanto así que surgió un fenómeno muy sanjuanero, poco común en el sur: los tapones. ¡Vaya fastidio! Sin embargo, muchos pensaban que estos pueblos no eran más que ciudades-dormitorio, un término clasista usado para referirse a la zonas “humildes” que reciben a quienes hacen todo en “La ciudad”.

Mientras leo las noticias sobre el depósito de cenizas tóxicas en Peñuelas pienso que muchos tuvieron un maestro como el mío que, entre chiste y chiste, les enseñó a desdeñar aquello que resultaba extraño y lejano. Esa falsa idea de centro versus los márgenes colapsa todo sentido de responsabilidad, solidaridad y respeto a la vida humana de mujeres y hombres que son tan puertorriqueños como aquellos que, sea en el norte o en el sur, han aprendido a convivir con el tapón. Peñuelas es un espacio de vida: ni barrio, ni margen, ni ciudad dormitorio ni sitio en donde nada pasa. Pasa la vida en Peñuelas, y eso es suficiente.

Peñuelas es Peñuelas y sus residentes tienen más dignidad que Guaynabo, triste ciudad metropolitana que le toca escoger un alcalde entre los menos malos de los malos.