Tiranos, idiotas y traidores

 

Se acerca el segundo aniversario de la aprobación de la Ley Promesa por lo que es imperante recuperar la historia más próxima que originó toda esta incertidumbre que vivimos.

Tiempo antes de nacer el mencionado engendro federal, la economista y ex-subdirectora gerente del Fondo Monetario Internacional, Anne O. Kruegger, venía advirtiendo que estaba en el poder del Gobierno demostrar su capacidad de actuar para impulsar la economía de manera sustentable.  Para ello, dentro de su discurso demagógico, recomendaba establecer reformas estructurales, que bien sabemos, se refieren a la privatización de servicios y activos públicos y eliminar los costos laborales.

Había que hacerle caso a la gran visionaria en su idea neoliberal en cuanto a desmantelar todo obstáculo (leyes gubernamentales que protegen al pueblo) para que el sector privado pueda generar empleos.  Todavía estamos a la espera de los resultados.

Como si fuera poco, la neoliberal Kruegger sugirió que el gobierno colonial abrazara la transparencia fiscal a través de la imposición de una Junta de Control Fiscal para alcanzar la confianza y la entrada a los mercados de capital.  Por tanto, toda gestión gubernamental es acogida bajo el cuento de que, si no lo hacemos, la crisis económica empeorará.

En ningún momento, las recomendaciones de Kruegger incluía la participación de los sectores locales implicados para atender la crisis.  Todo fue un mandato desde el exterior, como si ellos conocieran nuestra idiosincrasia, nuestras necesidades y, sobre todo, nuestro carimbo colonial.  Ese uso y abuso del poder ilegítimo, únicamente conforme a su voluntad, es por definición, tiranía.

Un tirano que desde hace mucho tiempo ha ultrajado nuestros recursos, humanos y económicos, para su propio beneficio. Un tirano que impone su cultura, su visión de mundo como la única manera de (sobre) vivir, simulando la explotación bajo el concepto de progreso y competitividad.  Una tiranía que no permite que veamos nuestras propias posibilidades, nuestras propias decisiones y forjemos nuestro propio destino.

El tirano, como buen imperialista, solo busca dominar, expandir y borra de la faz de la Tierra todo aquello que no concuerde con su ideología, política, raza o credo.  Como en toda guerra imperialista, los bonistas solo buscan cómo asegurar su parte del pastel como derecho genuino suyo.

Para lograr la fluidez del plan tirano, se requiere de un gobierno idiota. Es decir, de colonizados enajenados de la realidad sociopolítica y económica que vive el país.  Estos/as abrazan ideologías extranjeras como ‘Verdades Absolutas’, sin cuestionamientos críticos.  Amarrados/as de ideologías fundamentalistas, vagas e ilusorias, su gestión se reduce a obedecer al tirano.

El idiotismo, como lo describe el filósofo Byung-Chul Han, se refiere a aquel que no pretender llegar a ninguna evidencia, quiere convertir lo absurdo en la fuerza más poderosa de pensamiento, que viola el consenso y bloquea la comunicación para acelerar el capital.  Como el actual gobernador, cuenta con un equipo de personajes extranjeros que aguantan el calor del coraje colectivo, mientras se aísla del horno encendido.

En la política todo es astucia y estrategias.  No hay amigos sino intereses.  Sin embargo, la dificultad estriba en el pueblo enajenado de su historia colonial, encasillado en ideologías vendidas por terceros, donde la TV y radio mundana construyen su realismo mágico y les condena al conformismo e indefensión.

Por último, para que el plan del tirano sea consumado, hace falta l0s traidores, la carne de cañón. Jefes de agencias, legisladores y otros directores en niveles menores, se encargan de debilitar las instituciones. Se legisla para atentar contra los/as trabajadores/as,  ignoran proyectos que protegen el ambiente y la cultura, se toman fotos en la repartición de suministros o fingiendo limpiar áreas de sus distritos.  Todo en el falso nombre de la legislación.

Queda en el récord legislativo, las votaciones a proyectos que han desmantelado al país. Eso incluye los que fomentan el discrimen, los que criminalizan las protestas, hasta los que buscan la esclavitud moderna.  El tirano, el idiota y el traidor no se diferencian entre sí; se alimentan los unos a los otros.  La esencia de ellos es el alcanzar el poder.  Y desde allí, perpetuar el sistema que nos esclaviza todos, incluyendo a ellos mismos.

Pero la Junta, hija del Congreso, viene por más.