Tres seminaristas narran su camino al sacerdocio

 

Por Eduardo L. Questell Rodríguez

Fotos y vídeo: Tony Zayas

@elquestell

 

PONCE – Muchos conocen a los seminaristas, pero no conocen el proceso que viven allí. Otros no saben como ni porque se forman. Con los testimonios se terminan los mitos, se conoce la realidad humana y desaparece la frialdad de una percepción prejuiciada.

De inmediato Alberto, quien fungió como enlace para este reportaje, nos cautivó con las siguientes palabras. “Yo miro mi historia y no es solo mia, es la historia de Dios en mi”, dijo Alberto, el único ponceño de los tres seminaristas.

Es por esto que vale la pena compartir una porción de la historia de tres jóvenes que entraron simultáneamente al seminario Regina Cleri de la Diócesis de Ponce tras ocho años de la mano de Jesucristo y en menos de un año recibirán el sacramento de la ordenación sacerdotal.

“Tal vez hay muchos jóvenes que se plantean ser sacerdotes y a través de nuestro testimonio, viendo que somos jóvenes puedan darse la oportunidad de vivir esta aventura tan maravillosa, comenzó diciendo Luis Daniel Torres Franco, el mayor de estos tres seminaristas y coameño de nacimiento.

 

Placer versus sacrificio

Convertirse en sacerdotes conlleva muchos sacrificios, cuatro años de filosofía, los cuatro de teología, el dejar ir la vida material vencer los obstáculos de las tentaciones del mundo moderno, entregar todo y dejarse guiar. Ciertamente para hacer todo eso, que para algunos puede sonar descabellado se debe sentir algo de placer en el haber encontrado la vocación de su vida.

“Es un proceso largo, muchas veces cansón y tiene de los dos elementos. Es placentero y es sacrificado. Aunque parezcan antónimos y totalmente opuestos, en esto se concilian. En este proceso de luces y sombras el sacrificio vale la pena como el de un atleta que se somete a ejercicio riguroso a dietas estrictas, tiene un régimen, una disciplina y lo hace para alcanzar la meta. En el seminario hay momentos difíciles, hay crisis, ansiedades, nostalgias, sueños que parecen frustrados, roces, la convivencia con jóvenes de distintas procedencias, distintos pueblos, historias, gustos. Es el misterio del cristianismo, la cruz que lleva a la vida, a eso se reduce todo”, aseguró George Antonio Torres Santos, el más extrovertido del grupo.

 

Dios escoge a quien quiere de dónde quiere

Precisamente George, un joven muy articulado, de apenas 25 años comentaba como de una urbanización en Coamo, su vida toma un giro inesperado cuando su madre comienza a trabajar en el Coto Laurel.

“Mi familia ha sido tan importante en mi vocación sacerdotal, que se las debo a ellos. La familia fue la cuna en la que Dios me llamó. Mis padres guiados por Dios tomaron la iniciativa de formar parte de una familia parroquial, les abrieron las puertas al sacerdote José Antonio López Vega. A través de él descubrí mi vocación sacerdotal, en la parroquia Nuestra Señora del Carmen en Coto Laurel. Es allí, envolviéndose en las actividades parroquiales que conoce a Alberto.

“Vengo de una familia que no era practicante aunque sí católicos. En la parroquia del Coto Laurel, había una señora que le insistía a mi mamá para que me pusiera en el grupo de monaguillos. Un día mi mamá me dice que lo va a hacer para que esa señora no insistiera más y así empecé a ir a la iglesia solo, con ocho años”.

“Mi papá me empieza a acompañar porque le daba pena que fuera solo y luego mi mamá se une. Cuando por fin decidí entrar al seminario con 18 años, vi como la fe de ellos había crecido y me sostenía. Yo les decía a ellos, que siempre me han representado la historia de Abraham, que al igual que a ellos el Señor les dio un único hijo y luego se lo pedía”, comparaba Alberto.

Mientras que Luis Daniel oriundo del residencial Las Palmas de Coamo nos narra con mucha candidez su pintoresca experiencia. “Mi ingreso al seminario para mi familia fue como una bomba. Primero fue un pequeño caos porque no eran practicantes, además de que no tenían ni idea de lo que era un seminario y lo que implicaba tener un hijo en este proceso de formación. Mi familia ha cambiado tanto, que tengo una hermanita de dos años y ya están pensando en cuando tenga la edad para recibir su catequesis. Mientras yo a los 10 años, no había recibido los sacramentos, admitió.

 

Vidas alternas que se manifiestan en el sacerdocio

Todos de niños pensamos en que vamos a ser cuando grandes, que profesión escogeremos. Esa idea se va transformando con el tiempo, en otros casos no evoluciona. Sin embargo hay quien se deja guiar por un camino que Dios les señala y sin darse cuenta no abandonan su punto de partida inicial.

Cada uno de ellos tenía una idea de lo que querían que fuera su vida, como se visualizaban. Luis pensaba ser psicólogo o maestro, George un doctor en medicina y Alberto es un apasionado de la política. Sin embargo, no debe haber riña o conflicto, sino todo lo contrario. La política es el arte del buen gobierno.

Cada uno a su manera reflexiona, de como el sacerdote dentro su vocación y su trabajo se dedica a curar almas, vela por la salud de la fe, atiende la salud mental. Sirven de instrumentos de Dios para llevar a cabo esas profesiones dentro del sacerdocio. Dios los ha colocado ahí pero no los priva de vivir ambas vidas en simbiosis y armonía.

“Antes de entrar al seminario tenía otros proyectos de vida, me planteaba la psicología o ser maestro porque me gusta enseñar. Uno cree que deja eso atrás, pero me he dado cuenta que ambas las voy a vivir dentro del ministerio. Eso da alegría”, argumentó Luis Daniel.

Mientras que Alberto decía que “La política o aquel que se quiere dedicar a la política, no debe tener otra meta que el bien común. Ahora desde otro punto de vista creo que el bien común se consigue a través de Dios, que es el bien absoluto”.

 

Ante retos modernos, combatientes modernos

“Esta es la nueva visión que la Iglesia le quiere dar al sacerdocio, el papa Francisco le ha llamado un sacerdocio de salida, que este en la calle… El sacerdote debe ir a donde lo envíen, donde lo necesiten. Se puede caer en la tentación de priorizar el gusto, el deseo o también la aspiración”.

“Ha medida que van pasando los años aquí, uno se va depurando, se le van cayendo las capas de los deseos humanos, para ponerse más al servicio de la Iglesia. Eso compaginado con la iniciativa y la creatividad del sacerdocio, de involucrarse, de aprender a decir que sí”, enfatizó George.

Tal y como ocurre con los estudiantes de medicina, los seminaristas, han tenido múltiples experiencias pastorales. Sin embargo, nada se compara con los preparativos para salir a un lugar remoto, donde experimentarían lo que es la necesidad de la gente más humilde y la fragilidad de la vida.

Los tres relataron, como por un mes vivieron en condiciones infrahumanas, comiendo lo poco que se cultivaba, pasaron días sin bañarse y hasta durmieron en el suelo. Pero agradecen la experiencia por que les sirvió para sensibilizarse. Al pasar de los días se olvidaron de sus necesidades y el apego a la vida de comodidades para abrirse a las historias, los corazones y las personas que estaban allí ante su sufrimiento y necesidades. Este tipo de vivencia, los desprendió de sus caprichos y preferencias superfluas, al valorar y aprovechar lo que se tiene. George estuvo en Guatemala, Luis Daniel en República Dominicana y Alberto en Honduras.

 

El legado de un sacerdote

¿Al querer dejar un legado se cae en la avaricia? Hay sacerdotes que sin saberlo dejaron huellas profundas en la humanidad, como San Francisco de Asís, San José de Calasanz o Fray Bartolomé de Las Casas, entre otros.

¿En el caminar del seminario se puede aspirar a dejar una huella, un legado? “Al llegar a una comunidad, se debe hacer lo que haga falta hacer, y manos a la obra. Sin embargo, el mayor legado al que un sacerdote debe aspirar es el de hacerse presente en las historias de las personas que lo rodean de los que lo necesitan. Lo que se deja en el corazón de la gente a la que se debe”, mencionó George.

“En nuestra cultura al sacerdote le dicen padre, creo que ese es el mejor legado que yo podría dejar. Pienso en el legado de tantos padres y madres que han criado a sus hijos abnegadamente, haciéndolos hombres y mujeres de bien. De la mayoría de esos padres y madres no existen ni monumentos, ni biografías. Existen esos hijos que son su mejor testimonio de vida. Por eso pienso que el legado que yo podría dejar es el de ser un padre”, confesó Alberto.

Ellos van al cine, comen helados de la plaza y hasta visitan un negocio ubicado en la Ave Hostos, llamado “El Vagón”, claro en horario vespertino. Así que si se los encuentra no se sorprenda, siguen siendo jóvenes universitarios, aún cuando a George le fascinen el trio Los Condes. El cuarto seminarista es Gilberto Rodríguez Ferrá, quien no estuvo disponible para la entrevista.