ADJUNTAS – Rodeadas del verdor del campo y la brisa de la montaña, un grupo de niñas son cobijadas por la atención y el cariño de un equipo que solo trabaja para garantizar su bienestar. Atrás quedaron las situaciones de maltrato y negligencia que provocaron que fueran removidas de sus familias. Ahora, al menos durante 18 meses, viven resguardadas en un entorno donde sus vidas transcurran con normalidad, entre la escuela y la calidez de un hogar donde reciben guía y estructura.
“¡Hola! Ya yo no hago travesuras. Ahora me porto bien. ¿Verdad?”, comentó una chiquilla de unos cuatro años a esta reportera y el fotoperiodista que entraron a su casa para conocer la facilidad abierta hace casi 40 años.
Fundado en 1987 por la Congregación de los Ángeles Custodios, el Instituto Santa Ana tiene la misión de acoger a niñas víctimas de maltrato y negligencia con el fin de darle los recursos necesarios para que adquieran estabilidad emocional y un desarrollo apropiado, cubriendo sus necesidades básicas de alimentación, vestimenta, educación, servicios médicos y psicológicos.
Acreditada por “The Commission on Accreditation of Rehabilitation Facilities”, esta facilidad tiene licencia para atender hasta un máximo de 18 menores, de tres a doce años.
“Nuestra función es darles calor familiar a niñas removidas del Departamento de la Familia porque sus padres no cumplen con sus funciones. Cuando las remueven, nos llaman y las ubican en facilidades como esta, dependiendo de sus edades y condiciones”, comentó Danil Vera Caraballo, directora del Instituto.
Muchas veces, contó, las menores llegan solo con la ropa puesta, incluso descalzas. Son las menos, dijo, las que traen un bulto ordenado y limpio, con algunas pertenencias.
“La mayoría viene por situaciones críticas, removidas por maltrato físico o verbal, muchas viviendo en condiciones infrahumanas y algunas incluso tras haber sufrido actos lascivos. Antes lloraban cuando llegaban, hoy día pocas lloran. No sé si al ver más niñas piensan más en el juego. Generalmente llegan con hambre y sueño”, dijo al comentar que antes, cuando recibían menores de hasta 14 años, les llegaban más casos de abuso sexual.
Dilorys Mercado, trabajadora social del Instituto, es de las primeras en recibirlas para hacerles una entrevista que identifique los servicios más apremiantes que necesiten, principalmente médicos.
Uno de los retos que enfrentan, advirtió Vera Caraballo, es que bajo la reciente Ley 57-2023 (Ley para la Prevención del Maltrato, Preservación de la Unidad Familiar y para la Seguridad, Bienestar y Protección de los Menores), las niñas solo pueden permanecer en la facilidad hasta 18 meses. Bajo la ley anterior (Ley 46-2011), relató, podían quedarse tres a seis años.
“El problema es que (la Ley 57) es (respuesta a) una ley federal y no se puede cambiar”, lamentó.
Al cabo de 18 meses viviendo en esta facilidad, explicó, la menor podría regresar con sus progenitores, alguno de ellos o un familiar, si cumplieron con un plan familiar que se activa en estos casos. Pero si no se logra la reunificación familiar, la niña es reubicada en otra facilidad como el Instituto. De estar liberada de la patria potestad, estaría disponible para entrar a la lista de adopciones.
“La mayoría pasa a otra facilidad. Las que regresan con sus padres son las menos”, indicó Vera Caraballo, quien comentó que actualmente en el Instituto hay cuatro hermanas.
Otra variación de la Ley 57, comentó, es que no permite que las menores pasen algunas épocas del año en hogares sustitutos, como Acción de Gracias, Navidad, Semana Santa y los Días de Madre y Padre, además de parte del verano.
“Esos pases eran importantes porque abrían la posibilidad de adopciones, se formaban apegos”, indicó, por su parte, Mercado.
Además, durante las semanas que las menores pernoctaban fuera del Instituto, el personal aprovechaba para hacerle mejoras a la infraestructura, pero al ya no tener ese tiempo libre se han paralizado ciertas obras, advirtió Vera Caraballo, quien comentó que ahora en verano llevan a las menores a un campamento diurno en Ponce, mientras que durante el año las sacan a pasear al cine, a comer o a otros lugares de entretenimiento infantil.
“Aquí el teléfono suena todos los días y rápido le refiero los casos a la trabajadora social. Si no es una emergencia, se anota (el caso en una lista)”, dijo.
Según informaron, muchos casos que les refieren son de menores de tres y cuatro años con diagnósticos de salud mental y medicadas, por lo cual no pueden recibirlas por no tener la licencia para atenderlas.
Las que reciben viven en una colorida estructura de dos pisos aledaña a las oficinas administrativas acompañadas de unas cuidadoras en turnos 24-7. En cada piso hay tres cuartos, con tres camas en cada uno, decorados con motivos de muñecas y flores, además de cuadros con mensajes motivacionales.
“La gente viene aquí y se enamora de las facilidades, además de que las niñas son súper cariñosas. Hay un calendario de visitas de personas interesadas en venir y compartir con ellas”, expresó Vera Caraballo, quien comentó que también reciben donaciones.
Mensualmente, contó, el personal les celebra los cumpleaños con un bizcocho y regalos, detalles bien recibidos por las pequeñas. Además, diariamente siguen una rutina, que incluye llevarlas y buscarlas a la escuela, comer y hacer las asignaciones en el centro de tutorías que tienen. En el patio hay columpios y también tienen una capilla y salón de actividades, donde reciben a los visitantes.
“Es bien cuesta arriba la parte emocional. Ellas automáticamente buscan el apego y te dicen “mami”. Es enseñarles el aseo, la parte educativa, lo espiritual, la vestimenta, el comportamiento, modales. Si son grandes es más difícil. Por ejemplo, que se cepillen los dientes sin decirles. Pero cuando se van luego nos buscan por Facebook y nos llaman y dicen que la cantaleta que le decíamos las ha ayudado mucho. Luego nos traen a sus hijos. Nos buscan y agradecen”, contó Carmen Maldonado, quien en junio cumple 30 años trabajando como cuidadora en el Instituto.










































