Gilda Wilson: tecnóloga médica desde 1948

Por Sandra Caquías Cruz

Fotos y vídeo: Tony Zayas

redaccion@esnoticiapr.com

 

PONCE – Una tercera parte de los ponceños, en algún momento de su vida, extendió el brazo para que Carmen Gilda Monserrate Wilson Barrios le tomara una muestra de sangre, aseguró la tecnóloga médica.

El Laboratorio clínico Gilda Wilson lleva siete décadas en la calle Mayor, en Ponce, a pasos del teatro La Perla. En el mismo lugar donde la propietaria nació hace 92 años.

“Llevo desde 1948, hasta la fecha, sacando sangre, aquí mismo, en este laboratorio, y voy a las casas”, dijo orgullosa de su agilidad y todo lo que logra.

Gilda Wilson, como la conocen, es una ponceña que no sintió que ser mujer y negra fuera un obstáculo para conseguir lo que se ha propuesto en su vida personal y profesional.

A sus 92 años, Gilda Wilson conduce un auto de Ponce a San Juan, es la presidenta de varias Junta de Directores, en otra docena de ellas se limita a mantenerse como integrante de la Junta, viaja a los Estados Unidos con relativa frecuencia a participar de convenciones o visitar su hijo más pequeño que vive en Texas, y hace unos meses, se disfrutó las arriesgadas atracciones de Disney Word.

Gilda Wilson fue la primera mujer que estableció un laboratorio médico en Ponce, el segundo en la Ciudad. El primer lo fundó el tecnólogo José Ernesto Ortiz, a quien Gilda Wilson fue a consultar cuando decidió abrir su laboratorio y sintió temor de que le pudiera incomodar.

El interés de estudiar tecnología médica surgió durante las frecuentes visitas que el doctor Manuel de la Pila hacia a su residencia para atender a su madrina, Carmen Luisa Ramírez de Arellano. Fueron innumerables las ocasiones en que el médico la visitaba junto con un tecnólogo médico para que le tomara muestras de sangre, algo que a le llamó mucho la atención.

Carmen Gilda Monserrate Wilson Barrios

Una vez terminó un bachillerato en artes en el Polytechnic Institute of Puerto Rico, en San Germán, tuvo la oportunidad de irse a San Juan a estudiar, pero desistió porque no quería dejar a su mamá ni a su madrina solas en Ponce. Fue entonces que su mamá, Inés Lucia Barrios, le hizo un acercamiento al doctor Manuel de la Pila ante la posibilidad de que la ubicara en el hospital Dr. Pila. Allí fue donde desprendió en la tecnología médica y aprobó la revalida.

Una habitación que tenía su casa fue el primer laboratorio que poco a poco fue ampliando hasta que su padrino Ramón Delgado le construyó lo que llamó un rancho en el patio. “El ARPE de aquella época no me permitió construir un segundo piso y decidimos tumbar la casa”, relató.

La familia decidió reconstruir una nueva estructura con lo que ahora es el laboratorio en el primer nivel y la vivienda en la parte superior. Tanto el laboratorio como la residencia permanecen en el mismo lugar, donde también hay otras oficinas. Allí Gilda Wilson nació, se crio, se casó y tuvo sus tres hijos.

La mayor de sus hijos es Ivonne Rodríguez Wilson, quien vive en San Juan y trabaja como administradora de la oficina con uno de sus hermanos.

El segundo hijo es el ortopeda y abogado Jorge Efraín Rodríguez Wilson, quien tiene oficina en la torre de Plaza Las Américas.

Y el que llama su bebé, su tercer hijo, Adrián Ramón Rodríguez Wilson, vive en Texas y es trabajador social, psicólogo terapeuta y manejador del dolor.

Gilda Wilson reside en los altos de su laboratorio. Sube a su vivienda en un elevador. Es diabética. No se inyecta insulina. La controla con medicamentos. Ella se toma sus muestras de sangre.

Utiliza un andador con ruedas y asiento, por temor a caerse y porque está consciente de las implicaciones que eso tendría, pero asegura que no necesita usarlo. “Solo lo uso por seguridad’, dijo.

Sobre su color de piel, recordó -entre risas- el momento en que se percató que era de raza negra. Recordó que fue el primer día de clases. Llegó a la escuela Rafael Pujals, donde estudió su primer grado, y le comentó a su mamá que uno de los nenes que estudiaba con ella era “negrito”.

“¿Y tú no te has mirado querida?”, le preguntó su mamá. “Hasta ese momento yo no sabía que era negrita”, relató cuando se le preguntó si sintió discrimen por su color de piel.

“Jamás”, afirmó a la pregunta si en algún momento sintió rechazó de personas de raza blanca. Aseguró que no le negaron la entrada a ningún club de personas de raza blanca ni de la llamada ‘alta sociedad’.

Gilda Wilson lamentó que no vive en el Ponce de décadas atrás. Señaló un deterioro social de la Ciudad que la vio nace y a la que dedicó su trabajo. Lamentó tener amigas que le comentan que no se atreven salir a comer un helado a la plaza pública por el acecho de los deambulantes.

¿Qué te gustaría ver en Ponce?, se le preguntó. “Un renacer de lo que era Ponce. Era bello, ojalá que se siga haciendo cosas buenas porque antes yo iba al Teatro La Perla, cada semana había algo, pero ahora viene una obra y a los dos meses viene otra. Además, la Plaza de Las Delicias, ¿qué pasa en la plaza? ¿por qué tantos deambulantes? No se puede hacer algo con los de ambulantes”, dijo.

La primera tecnóloga médica que tuvo un laboratorio en Ponce no piensa en retiro ni jubilación: “espero estar aquí hasta que Dios quiera”.

 

Wilson: “Llevo desde 1948 hasta la fecha, sacando sangre, aquí mismo, en este laboratorio».