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“Esto está muerto, aquí no hay economía”

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GUÁNICA – El reloj marcaba las 4:42 aquella madrugada de actividad sísmica en la Falla de La Montalva. Desde entonces el tiempo se detuvo en el Pueblo de la Amistad, donde seis años y ocho meses después el terremoto de magnitud 6.4, del 7 de enero de 2020, parece que ocurrió ayer.

A pesar de su gran caudal de recursos naturales, entre ellos, -un Bosque Seco declarado Reserva de la Biosfera Internacional- y de contar con una extensión territorial de 96 kilómetros, el municipio de Guánica no se ha podido levantar de los graves daños de la secuencia sísmica y del impacto de los huracanes María (2017) y Fiona (2022). La plaza pública comenzó a ser reconstruida, pero las calles del casco urbano lucen desoladas y todavía hay estructuras colapsadas.

La pérdida poblacional es notable y la gran mayoría de los habitantes (un 65%) son adultos mayores de más de 60 años. El Censo de 2020 calcula la envejecida población en apenas 13 mil habitantes, mientras los guaniqueños tienen que seguir lidiando con la falta de servicios esenciales.

No hay banco, cooperativa, centro comercial, ni sala de parto. Solo hay un Centro de Diagnóstico y Tratamiento primario (CDT) y una limitada oferta de especialistas. Muchos de los niños siguen tomando clases en vagones modulares, pues las escuelas que derribó el terremoto no han sido reconstruidas, al igual que la iglesia católica San Antonio Abad, cuyos fieles todavía asisten a la misa en un ranchón sin paredes.

Una paradoja económica marca el escenario en el que el negocio de alquileres a corto plazo busca abrirse paso en el turismo, mientras el pueblo en medio de la vulnerabilidad tiene que lidiar con la falta de servicios esenciales, la falta de oportunidades de empleo y un alto nivel de pobreza, particularmente, en los viejos y menores de edad.

“Esto está muerto, aquí no hay economía. Desde hace aproximadamente 20 años, desde que cerraron las fábricas, Guánica venía en decadencia. El molino también cerró y ya no llegan barcos al puerto. El poco trabajo que hay es el que uno hace por su propia cuenta, nosotros los pescadores, algunos agricultores y par de mecánicos”, lamentó Roberto Gutiérrez Rodríguez en entrevista con Es Noticia.

Era lunes bajo un sol brillante y el calor del mediodía, Gutiérrez era una de las pocas personas que se encontaba frente a su residencia de madera y zinc, en la barriada Esperanza.

El pescador, quien es residente de la Calle A. J. Grief, sale al mar a ganarse el sustento tres veces en semana en una pequeña lancha junto a su hermano, también pescador. Por la contaminación de la Bahía se van mar adentro a Guayanilla o a Cabo Rojo. Se dedican a pescar carrucho -cuando cesa la veda- y langosta, de las profundidades con tanques de bucear.

“Cuando el tiempo está malo hago algunas chiripas como carpintero. La pesca comercial también está en decadencia aquí, prácticamente la última generación de pescadores tiene mi edad y tengo 50 años. Hay alguno que otro que tiene 25 años, pero son bien pocos”, relató el guaniqueño que vende los productos del mar a restaurantes y desde su casa a algunos vecinos.

Aunque aseguró que no se irá de su pueblo, indicó que el éxodo de sus compueblanos continúa. “En la calle de atrás prácticamente no vive nadie. De aquí dos pescadores jóvenes que tenían hijos pequeños se tuvieron que ir. Mental y emocionalmente no pudieron superar esto”, narró con desazón.

“Yo sigo aquí. No quiero ganarme $5 mil pesos semanales, si estoy hasta aquí de estrés (señala a la altura del cuello). Yo consigo $500 semanales y si me dan para vivir, vivo tranquilo”, aseguró.

“Aquí en Guánica en términos de progreso no hay nada y somos un pueblo turístico. Viene gente a las playas, pero se van rápido. Yo diría que desde el huracán Georges (1998), la economía aquí empezó a decaer. La pesca bajó, los arrecifes y los fondos marinos cambiaron un montón”, remachó.

Ante la falta de instituciones financieras, el pescador indicó que los residentes de Guánica tienen sus cuentas bancarias en pueblos vecinos.

“Vamos a Yauco o a Lajas, No hay mall, no hay dentista”, abundó Gutiérrez mientras señalaba a pocos pasos de su residencia un edificio de apartamentos de alquiler a corto plazo (airbnb). Indicó que en el municipio también están emergiendo las casas rodantes (campers) para ser rentadas a corto plazo. En la calle paralela a la suya dos hombres afianzaban con equipo de soldadura una casa rodante ya lista para ser ocupada.

-¿Cómo se sienten los guaniqueños al ver el pueblo tan desolado?, preguntamos.

“En parte es positivo (la desolación) porque yo dejo todo tirado aquí y si salgo a comprar algo, cuando llego, está todo igual. Hay vandalismo y delincuencia, pero bien poca”, dijo al comparar la forzada tranquilidad que se observaba en el deshabitado vecindario con la falta de oportunidades de empleo y de progreso.

“Es bien difícil porque, ¿quién va a invertir en un pueblo donde ocurrieron los temblores? También esto es zona inundable”, reclamó al subrayar que el pasado mes de julio sintieron dos o tres sismos de mediana intensidad.

Narró que su hijo mayor estudió terapia respiratoria, pero no pudo tomar la reválida por coincidir con la pandemia de COVID. Dijo que el joven de 27 años tomó luego un curso de soldadura “y ya empezó a soldar, pero si se tiene que ir, pues se tiene que ir porque aquí no hay oportunidades para la juventud”.

José Morales vive en una residencia en concreto en la Avenida Esperanza Ydrach que discurre frente al Malecón. Es de los guaniqueños que en su juventud emigró a Estados Unidos por motivos de estudio y en su edad de retiro, regresa a su pueblo natal.

“Para mí el cambio ha sido más drástico porque la gente que yo esperaba encontrar aquí, con la que me gradué en la escuela superior, esas familias ya no están. En la calle donde vivía mi papá dos bloques detrás de aquí quedan tres o cuatro familias. Toda esa gente con la que me crié jugando baloncesto se ha ido y la mitad o más de las casas están abandonadas. Esas casas son de bajo costo y esta área del Malecón es de gente humilde”, sostuvo Morales.

Dijo que ya se ha acostumbrado al ruido de la música durante los fines de semana porque acude más gente, algunos turistas, pero en su mayoría locales y residentes de pueblos cercanos.

Otra vecina del casco del pueblo, Lourdes Feliciano dijo que el éxodo de guaniqueños comenzó desde el huracán María en 2017. “A pesar de que aquí no hubo tanta destrucción con el huracán, nos quedamos sin luz y sin agua y mucha gente se fue para Estados Unidos. ¿Qué remató eso?

El terremoto, eso asustó a muchísima gente que se fue, dejaron las casas rotas, tiradas. Hay un montón de casas que todavía están rotas porque ha sido a cuenta gotas lo que se ha arreglado. La mayoría de los municipios dependen de fondos federales y se han visto a cuenta gotas por la Junta de Control Fiscal tal vez, o porque somos municipios de partidos diferentes al que está allá arriba en el poder”, expresó Feliciano.

Según datos del Departamento del Trabajo la tasa de desempleo en Guánica en 2026 ha oscilado entre un 18 por ciento en enero a un 14 por ciento en mayo. Ese mes, Guánica ocupaba el tercer lugar en Puerto Rico, Maricao el primer lugar con 25.2% y Adjuntas, el segundo, con un 15.3%.

Alrededor del 65% de la población guaniqueña vive bajo el nivel de pobreza y en la población de menores de 0 a 17 años el porcentaje de la población que vive con privaciones económicas asciende a un 76%, de acuerdo con el Instituto de Desarrollo de la Juventud.

El Negociado del Censo ubica a Guánica como el pueblo con la media salarial más baja de todos los 78 municipios en Puerto Rico con unos $14,525, mientras la media salarial a nivel de Puerto Rico es de $24,112.

En el renglón de seguridad, el gobierno municipal apenas cuenta con 12 guardias municipales y con otros 12 policías estatales para atender ocho barrios que conforman el pueblo de las costas del Mar Caribe.

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