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No vengo de lejos; camino con ustedes

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SER Mons. Geraldo Ramírez Torres
Obispo electo
Diócesis de Ponce

En los últimos días he recibido muchos saludos y mensajes de personas que conozco desde hace años y de otras a quienes todavía no he tenido el gusto de encontrar. Casi todos comienzan de la misma manera: “Bienvenido, Obispo”.

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Cada vez que escucho esas palabras, siento una inmensa gratitud, pero también pienso que, en realidad, nunca me fui. Nací en Villalba, crecí en esta región, me formé como sacerdote en Ponce y hace treinta y cinco años fui ordenado para servir precisamente a esta diócesis. He recorrido sus pueblos, he celebrado los momentos más felices de muchas familias y también he estado presente cuando el dolor ha tocado a sus puertas.

Por eso, al iniciar esta nueva misión como Obispo de la Diócesis de Ponce, no llego a una tierra desconocida. Llego a mi casa. Tengo el privilegio de ser el primer obispo nacido, criado y formado íntegramente en esta diócesis. Esa no es una distinción para sentir orgullo; es una responsabilidad aún mayor, porque conozco el corazón de nuestra gente y sé cuánto ama esta tierra.

Durante mi ministerio he servido en parroquias grandes y pequeñas, he acompañado enfermos, he compartido con jóvenes, he trabajado junto a comunidades enteras y durante muchos años fui capellán del Complejo Correccional Las Cucharas. Allí aprendí una lección que nunca he olvidado: detrás de cada expediente, de cada noticia y de cada estadística hay una persona con una historia que merece ser escuchada.

Quizás por eso, cuando miro la realidad del sur de Puerto Rico, no veo únicamente problemas. Veo rostros. Veo a la madre que hace cuentas para comprar los materiales escolares de sus hijos.

Veo al padre que trabaja largas jornadas y aun así siente que el dinero no alcanza. Veo a los adultos mayores que viven solos porque sus hijos tuvieron que emigrar buscando oportunidades.

Veo a tantos jóvenes que parecen tenerlo todo, pero que por dentro luchan contra la ansiedad, la soledad y la incertidumbre sobre su futuro.

También veo la preocupación que provoca abrir el grifo y preguntarse si habrá agua, o acostarse sin saber si durante la noche volverá a faltar la electricidad. Son situaciones que alteran la rutina de nuestras familias, afectan a los pequeños comerciantes, complican la vida de los enfermos y aumentan el cansancio de quienes ya viven bajo mucha presión.

A eso se suman otras realidades que no siempre ocupan los titulares, pero que son igualmente dolorosas: niños que crecen en ambientes marcados por la violencia o el abandono, hogares que atraviesan conflictos silenciosos y una recuperación económica que todavía no llega con la misma fuerza a todos los rincones de nuestra región.

No comparto estas reflexiones para alimentar el pesimismo. Todo lo contrario. Las comparto porque creo que el primer paso para sanar una sociedad consiste en mirarla con honestidad y con amor. Vivimos tiempos en los que es fácil señalar culpables y difícil asumir responsabilidades compartidas. Sin embargo, estoy convencido de que el sur de Puerto Rico posee una riqueza que ninguna crisis ha podido destruir: la calidad humana de su gente. Lo hemos visto después de los terremotos, tras el paso de los huracanes y en medio de tantas dificultades económicas.

Siempre aparece alguien dispuesto a abrir su casa, compartir un plato de comida, organizar una colecta, visitar a un vecino enfermo o tender la mano a quien más lo necesita. Esa solidaridad silenciosa es uno de los mayores tesoros de nuestra región.

El Papa León XIV ha invitado a la Iglesia y al mundo educativo a “diseñar nuevos mapas de esperanza”. Me parece una expresión hermosa, porque un mapa no cambia la realidad, pero sí ayuda a encontrar el camino.

Creo que Puerto Rico necesita precisamente eso: nuevos caminos de esperanza. Una educación que forme personas antes que simplemente profesionales. Jóvenes que descubran que el éxito no se mide solo por lo que se gana, sino también por lo que se aporta a los demás. Familias que vuelvan a encontrarse para dialogar. Comunidades que aprendan a escucharse incluso cuando piensan distinto.

Vivimos una revolución tecnológica extraordinaria. La inteligencia artificial y los avances científicos ofrecen oportunidades inmensas, pero nunca podrán reemplazar aquello que hace verdaderamente grande al ser humano: la capacidad de amar, de servir, de perdonar, de pensar con libertad y de cuidar la dignidad del otro. Ese será también el espíritu con el que deseo ejercer mi ministerio episcopal.

Quiero que la Iglesia siga siendo una presencia cercana, especialmente allí donde la vida duele más. Que nuestras parroquias sean espacios de acogida. Que nuestras escuelas y universidades formen ciudadanos comprometidos con el bien común. Que los jóvenes encuentren razones para creer en su futuro. Que nuestros adultos mayores nunca se sientan olvidados y que cada niño pueda crecer rodeado de respeto, protección y cariño.

No escribo estas líneas solamente para quienes comparten nuestra fe. Las escribo para todos los hombres y mujeres que aman esta tierra y desean verla crecer.

Mi puerta estará abierta para escuchar, dialogar y caminar junto a ustedes. Porque antes que obispo, soy un hijo de esta región. Y si Dios me concede la gracia de servirles bien, quisiera que dentro de muchos años la gente no recuerde solamente el cargo que ocupé, sino que pueda decir, con sencillez, que caminé junto a mi pueblo y nunca dejé de creer en él.

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