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Sobreviviente de Covid relata sus días en intensivo

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Migdalia Rodríguez Figueroa (Suministrada)

Por Migdalia Rodríguez 

Sobreviviente de coronavirus

 

Y era un día como otro.  Como muchos días cotidianos que vivimos. 

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Y la noche se hacía y amanecía. Y así amaneció otro día normal. Así transcurría cuando el cuerpo comenzó a sentir un leve agotamiento. Lo adjudiqué a semanas previas de mucho trabajo. 

Era la semana en que inició el “lockdown” que decretó  la Gobernadora de Puerto Rico. 

Así, ante el agotamiento y una leve tos, sigilosamente se acercaba la ausencia de aire. 

Recurrí al Hospital Metropolitano Dr. Pila, en Ponce, no sin antes informarle a un vecino, quien me vio crecer, que regresaría pronto. 

Le dije que iría a la Sala de Emergencias para ser evaluada y que pronto estaría en casa, esperaba que fuera antes del anochecer. 

Desconocía lo que estaba por suceder. Estaba por iniciar algo que cambió mi vida. 

Así inicié algo que me hizo sentir el dolor,  la impotencia, la dependencia, la soledad; que me hizo experimental la paciencia, aprender a amar a personas a quien no conocía. 

A un año de la convivencia por 30 días en la unidad de intensivo, aprendí a esperar, a esperar y a esperar. 

Aprendí a vivir la añoranza diaria. Quería ver a quien no podía ver. Tal vez despedirme, aunque fuera a través de un cristal; sin un abrazo, sin un te quiero. Añoraba estar cerca de mi hija. Ella trabaja y reside en Estados Unidos y yo acá.

Sentí la angustia total, dejar a ese ser querido, a mi  viejo, viejo… mi querido viejo… que ya ni “camina lento” por su discapacidad y que todas las tardes, en su sillita de ruedas frente al portón, esperaba que yo llegara del trabajo, eso lo ponía contento.  

30 días en intensivo

Fueron 30 días duros, fuertes, intensos. Al principio estaba con oxígeno. Luego sentía como disminuía mi fuerza corporal. Y se fue acercando el día en que sentí toda la debilidad. 

De un oxígeno pase a otro en cantidad mayor, de manera que cerraba con más fuerza los ojos, pues se sentía fuerte en mis escasas pestañas. 

Y así se acercó la tarde en que llegó el personal médico, enfermera y terapistas. 

Sabía que algo no estaba bien en mí por la hora en que llegaron. 

Nuevamente el miedo me invadió. Así como al inicio, cuando me dijeron: tienes coronavirus y que era el primer caso en Ponce, en el área sur. 

Es un miedo que invade todo tu ser. Es un miedo que solamente se siente. Que te recorre por todo el cuerpo. 

Me intubaron 

Sólo recuerdo cuando el doctor Barranco me informó “te vamos a intubar”. Recuerdo que le dije: “No, cómo va a ser; yo estoy bien”. 

No recuerdo nada más hasta que desperté intubada, hinchada y amarrada. Nuevamente sentí el miedo, la soledad. Pensé ¿dónde estará mi hija? ¿Cuándo la veré? ¿Cuándo veré a mi papá, mi casa? ¿Me voy a morir? Sabía que pocas personas se salvaban. 

En aquel entonces, poco se conocía del coronavirus. De repente me dije: “calma, Dios está contigo”. Y así con medicamentos, durante todo ese tiempo alimentada por un tubo que  me pusieron por la nariz, en la misma posición corporal, sin fuerzas para moverme. Dependía totalmente del personal de intensivo, del neumólogo, enfermeras, terapistas. Recuerdo la experiencia de la toma de placas en la noche fría. Recuerdo el temor de que se agravará más la condición y perdiera pulmones o la vida. 

Doloroso tratamiento

Y un día, cerca del anochecer, me explicaron que me introducirán un tubo, una especie de varita en forma de ‘L’ para remover la mucosidad y que me ayudara a respirar. 

Cuando ví que entraron al cuarto con esa varita, que sacaron de un plástico sellado, pensé, eso me lo van a introducir por la garganta, por el tubo, y me dio miedo, pero también me dije para mí, eso me va a ayudar.

Fue totalmente incómodo. Se vomita la mucosidad, pero al día siguiente respiraba mejor. 

Aún con el tubo, durante ese tiempo en intensivo, lloré, pensé, medité, quería sentir un abrazo, no podía hablar, aprendí a no morder el tubo, aprendí a acostumbrarme a él. 

Cada vez que se acercaba a la cama una enfermera o enfermero lo tocaba con la puntita de los dedos. Necesitaba tocarlos para sentir el amor, el calor humano. Y ellos me hablaban, me decían, vas a estar bien. Eres un milagro de Dios. Y apretaban mi mano y eso me alentaba. Me daba fuerzas para seguir.

Tengo fe de que Dios estaba cumpliendo, haciendo un milagro en mí. 

¿Y qué he aprendido? 

A amar a quien no conozco; a sentir compasión con otros que no conocía. A sonreír a la vida, a querer ayudar cuando todo esto pase. 

Aprendí a ver la hermosa creación de Dios cada mañana. A sentir el trinar de los pichoncitos, el sol que Dios pone para decirme: Te regalo otro día de vida. 

Aprendí a ver quién soy, a que mi padre es la ovejita que tengo que cuidarle a Dios. 

Aprendí a que todos los seres humanos merecen ser amados, perdonados, abrazados; a ser mejor persona. Pero sobre todo, aprendí a confiar, a confiar en Dios aunque, por momentos, esta vida tiene  grandes preocupaciones y tribulaciones. 

Aprendí a mantener mi confianza, mi fe, en Dios. Aprendí a que debemos ayudarnos. 

Les exhorto a cuidarse, a anteponer su vida, antes que exponerse a este virus. Les digo que este virus es real. Yo no salí a fiestas, no viajé a Estados Unidos ni a ningún país. Y me tocó. 

Me entristece ver personas que pierden sus esposos (a), hijos, padres por causa de este virus. Y más dolor me causa imaginarme cómo fueron esos últimos días del que falleció por Covid. Solo. Sin un abrazo. Sin despedida.  

Y aún así, con esos testimonios, me entristece el que algunos no se cuiden, no tomen conciencia de esta pandemia que ha cobrado tantas vidas.